Siervos de Dios, no del mundo

 

Quien vive los mandamientos divinos es un hombre que se ha despojado de cualquier desazón, porque ha dejado de ser siervo de Mammón y de este mundo, para convertirse en siervo de Dios.  

Hemos venido a este mundo a servir a Dios: tal es nuestra misión. No obstante, a menudo servimos únicamente al mundo. Usualmente, el mundo nos atrae mucho más. Su canto de sirena es mucho más fuerte que el llamado espiritual, para una mente limitada y un alma endeble.

Pero, viene la palabra del Señor y nos dice: “Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No pueden servir al mismo tiempo a Dios y a Mammón” (Mateo 6, 24). Para el cristianismo, Mammón es el demonio de la avaricia, del dinero. También usamos ese nombre para referirnos al deseo de aferrarnos a este mundo visible, que nos atrapa entre sus garras materiales y nos vuelve esclavos de las pasiones. Dios no considera que la riqueza sea un pecado en sí misma, si no devienes en esclavo de la materia.

Aquel que vive en el Espíritu de Dios, es libre. Quien vive los mandamientos divinos es un hombre que se ha despojado de cualquier desazón, porque ha dejado de ser siervo de Mammón y de este mundo, para convertirse en siervo de Dios. Cada uno de nosotros puede servir a Dios a su manera, porque a cada uno se le concedió un talento.

(Traducido de: Părintele Gheorghe CalciuCuvinte vii, ediție îngrijită la Mănăstirea Diaconești, Editura Bonifaciu, 2009, p. 67)