Un amor verdadero, un amor de Madre...
Ah, ¡si supiéramos cuánto ama la Santísima Madre del Señor a todos los que guardan los mandamientos de Cristo, y cuánto se compadece y se entristece por aquellos que no se enmiendan...!
Mi alma siente temor y se estremece cuando piensa en la gloria de la Madre de Dios. Mi mente es débil y mi corazón es pobre y endeble, pero mi alma se alegra y se siente impulsada a escribir al menos una palabra sobre ella.
Mi alma se agita ante semejante atrevimiento, pero el amor me impulsa a no ocultar mi gratitud por su misericordia.
La Madre de Dios no puso por escrito sus pensamientos, ni su amor por Dios y por su Hijo, ni los dolores de su alma en el tiempo de la crucifixión, porque de ningún modo habríamos podido comprenderlos, pues su amor por Dios es más fuerte y más encendido que el amor de los serafines y de los querubines, y todas las Potestades celestiales de los Ángeles y Arcángeles quedan mudas de asombro ante ella.
Aunque la vida de la Madre de Dios parece estar envuelta en un santo silencio, el Señor ha concedido a nuestra Iglesia Ortodoxa conocer que su amor abraza al mundo entero y que, en el Espíritu Santo, ella contempla a todos los pueblos de la tierra y, al igual que su Hijo, se compadece de todos y tiene misericordia de todos.
Ah, ¡si supiéramos cuánto ama la Santísima Madre del Señor a todos los que guardan los mandamientos de Cristo, y cuánto se compadece y se entristece por aquellos que no se enmiendan...!
Ella vive en los Cielos y contempla incesantemente la gloria de Dios, pero tampoco se olvida de nosotros, los pobres, y cubre con su misericordia toda la tierra y a todos los pueblos.
(Traducido de: Cuviosul Siluan Athonitul, Între iadul deznădejdii și iadul smereniei, Editura Deisis, 1996, p. 108)
