Palabras de espiritualidad

Un breve relato sobre los frutos de la paciencia y la mansedumbre

  • Foto: Florentina Mardari

    Foto: Florentina Mardari

Aunque leemos innumerables libros patrísticos, no nos decidimos a empezar correctamente. Pocos son los que lo hacen.

El stárets José jamás cedió ante las incitaciones de la pasión de la ira, sino que, con humildad y con oración, las sofocaba todas dentro de sí. Y así, con la ayuda de Dios, alcanzó la perfecta anulación de esta pasión.

En una ocasión, el stárets, agotado por el hambre, dijo:

—Arsenio, vayamos al Monasterio Koutloumousíou, donde hoy se celebra la fiesta patronal, para comer un poco de pescado y así obtener algo de vigor.

El famoso monasterio se encuentra en el centro del Monte Athos, cerca de Karyes (la capital del Monte Santo), y celebra su fiesta el 6 de agosto, en la solemnidad de la Transfiguración.

Los dos ascetas se deleitaron con la vigilia festiva, que en el Monte Santo suele durar entre diez y doce horas. Luego se prepararon para ir al refectorio, para comer junto con los monjes de aquel cenobio. Antes de la comida comunitaria de la fiesta patronal se tocan las campanas y tiene lugar una solemne procesión que comienza en la iglesia. Al frente va el obispo junto con el stárets del monasterio, seguidos después por los monjes y los peregrinos.

El problema es que el stárets José y el padre Arsenio llevaban hábitos andrajosos y remendados, y ellos mismos estaban sucios y descalzos. Por esta razón, llegaron los últimos; pero en cuanto los vieron en la puerta del refectorio, algunos monjes les dijeron:

—¡Ustedes dos, fuera! ¡Fuera!…

Y los echaron fuera… Luego cerraron las puertas. Al parecer, su vestimenta ascética no concordaba con el esplendor de la fiesta. Naturalmente, un hecho así podría llevar a cualquiera a la ira. Y, ciertamente, el padre Arsenio se enfadó mucho.

—¡¿Cómo es posible algo así, padre, que unos monjes nos echen del comedor?!

—¡Tranquilízate! —le dijo el stárets José—. Presta atención, porque de lo contrario perderemos toda la recompensa que hemos ganado esta noche en la vigilia. Verás que también comeremos pescado, no nos enojaremos y tampoco perderemos lo ganado.

El stárets poseía una profunda nobleza espiritual. Tomó al padre Arsenio del brazo y lo condujo a la parte trasera de la cocina.

—¡Bendecidnos, padres! ¿Podrían darnos también a nosotros un poco de comida? —pidió con humildad.

—¡Sí, padres! ¡Vengan!

Y les sirvieron comida en abundancia.

—Arsenio, ¿has visto? Hemos comido, incluso nos han dado para llevar, y no hemos pecado enojándonos contra los monjes de este monasterio.

Al principio, el padre Arsenio se había dejado arrastrar con facilidad por la ira, pero el stárets José permaneció firme como una roca en la paciencia y la mansedumbre. Sin embargo, el padre Arsenio logró en poco tiempo asemejarse por completo a su mentor. Y esto es lo admirable del discípulo: que cualquier virtud que veía en su stárets, se esforzaba por adquirirla también él. Mientras que nosotros, la generación actual, aunque leemos innumerables libros patrísticos, no nos decidimos a empezar correctamente. Pocos son los que lo hacen.

(Traducido de: Arhimandritul Efrem Filotheitul, Starețul meu Iosif Isihastul, traducere de Ieroschimonah Ștefan Nuțescu, Editura Evanghelismos, București, 2010, pp. 124-125)