Palabras de espiritualidad

Una breve y hermosa confesión de fe

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

Dios está presente, en cierta medida, en Su mismo nombre. Y nosotros debemos invocar Su nombre con temor reverente y con amor, tal como nos acercamos a la Santa Comunión.

¿Está bien intentar practicar la Oración de Jesús coordinándola con la respiración? ¿La práctica del yoga contradice los principios de la tradición cristiana? ¿La filosofía de estos sistemas se encuentra en oposición a la Ortodoxia?

—La práctica de la Oración de Jesús no está ligada a ninguna técnica: ni de postura, ni de respiración, ni de ninguna otra cosa. Es cierto que, a lo largo de la historia, se le han asociado diferentes maneras de respirar. Hace unos veinte años me encontraba en un congreso sobre temas ecuménicos, en el que también participaba el actual Metropolitano de Transilvania, Antonie Plămădeală. Le hicieron esta misma pregunta y él respondió de una manera que me pareció perfecta. Dijo: “El método no los llevará a la oración, pero la oración los llevará al método”. Es, de alguna manera, un juego de palabras, pero encierra una gran profundidad.

Las condiciones esenciales para la Oración de Jesús pertenecen a otro orden. Hay que tener fe en Jesucristo, tal como la proclama la Iglesia. Hay que estar profundamente animado por la necesidad de ser salvado. Quien no cree que Jesucristo es Dios hecho hombre para nuestra salvación y no siente en su corazón y en su mente la necesidad de la salvación que Él nos trae, corre cierto peligro si intenta practicar la Oración de Jesús. Porque practicará la Oración de Jesús desde una perspectiva que no es ortodoxa.

Esta oración contiene el nombre de Dios hecho hombre. Y ya en el Antiguo Testamento vemos que el nombre y la Persona están profundamente unidos. Por eso el Decálogo nos dice: “No tomarás el nombre de Dios en vano”.

Dios está presente, en cierta medida, en Su mismo nombre. Y nosotros debemos invocar Su nombre con temor reverente y con amor, tal como nos acercamos a la Santa Comunión.

Al mismo tiempo, la Oración de Jesús es una confesión de fe en la Santísima Trinidad. Cuando decimos: “Jesús, Hijo de Dios”, pronunciamos ya el nombre del Padre y del Hijo; y cuando decimos Cristo, nos referimos a la unción que recibió el Hijo de Dios por el poder del Espíritu Santo. Así pues, en pocas palabras, confesamos a Dios Uno y Trino.

Y una de las Personas de la Trinidad se hizo hombre para salvar al hombre. Esta Persona recibió el nombre de Jesús, que significa “Dios Salvador”; Dios Salvador porque nosotros, como pecadores, necesitamos la salvación. Esto es lo que expresamos cuando decimos: “ten misericordia de mí, pecador”.

Ser pecador no es, ante todo, una categoría moral, sino ontológica; es decir, encontrarnos sumidos en la oscuridad de la separación ontológica entre Dios y el hombre. Y porque estamos separados de Dios, no lo conocemos y, por tanto, no lo amamos. Solo desde esta perspectiva podemos pronunciar el nombre de Jesús en esta oración.

Las demás prácticas relacionadas con la respiración o con la postura del cuerpo durante la Oración de Jesús son meros accesorios frente a estos puntos esenciales que he mencionado antes. Existe cierto riesgo de concentrarse más en lo secundario y, desde este punto de vista exterior, la Oración de Jesús puede parecerse en cierta medida a las prácticas del yoga, es decir, a la repetición incesante de una fórmula breve, lo que se denomina mantra.

Pero, más allá de esta semejanza superficial, existe una diferencia fundamental. La base de la Oración de Jesús es la revelación de Dios por medio de Cristo, la fe en un Dios personal, mientras que el yoga es un método espiritual perteneciente a un universo espiritual completamente diferente del que nosotros vivimos, es decir, el hinduismo, y de ninguna manera debemos mezclar estas perspectivas.

Por eso me permito pedirles que no se involucren en la práctica del yoga, aunque en sus primeras etapas esto parezca inofensivo y, en ocasiones, incluso útil. Porque, esencialmente, en su fundamento, pertenece al hinduismo y, sin darnos cuenta, podemos asumir una perspectiva irreconciliable con nuestra fe.

Si alguna vez hemos perdido la convicción acerca de la plenitud de la fe cristiana y de su poder para salvarnos, si nos parece que nos falta algo, no debemos buscarlo en otra parte, sino profundizar y descubrir cada vez más nuestra propia riqueza: nuestra fe ortodoxa, que es la única verdadera.

(Traducido de: Celălalt Noica – Mărturii ale monahului Rafail Noica însoțite de cîteva cuvinte de folos ale Părintelui Symeon, ediția a 4-a, Editura Anastasia, 2004, pp. 157-159)



 

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