Y, con todo... ¿en dónde está el Señor?
Muchos preguntan: “¿En dónde está el Señor?”. ¡A la entrada de cada corazón! Por eso es que nuestra vida se ha retorcido. Si el Señor estuviera en el centro de nuestra vida, donde estuvo al principio y donde es Su lugar natural, nuestra vida se desarrollaría en plenitud.
El Señor permanece a las puertas de tu alma con una escoba, atento a que, al recibir tu invitación, pueda empezar a limpiar la terrible miseria acumulada en tu alma, para darte un alma nueva, pura, perfumada con el incienso y un aroma agradable, para ataviarla con la belleza más casta. El Señor sigue ahí, esperando a que lo invites a actuar.
A la entrada de tu corazón, el Señor permanece con un cirio encendido, que arde sin emanar humo y sin llegar a derretirse. El Señor espera tu invitación para traer ese cirio a tu corazón y alumbrarlo, para arder cualquier temor que haya allí, para disipar las pasiones egoístas y los malos deseos, para echar de tu corazón todo el humo y la pestilencia que se guardan allí.
A la entrada de tu corazón, el Señor permanece con Su sabiduría, listo para entrar en él y echar afuera todos los malos pensamientos, todas las fantasías perversas y todas sus nociones erradas, para borrar de tu mente todas las figuraciones. El Señor permanece ahí y espera llenarte con Su razón, con Sus palabras y Sus señales.
Sin embargo, muchos preguntan: “¿En dónde está el Señor?”. ¡A la entrada de cada corazón! Por eso es que nuestra vida se ha retorcido. Si el Señor estuviera en el centro de nuestra vida, donde estuvo al principio y donde es Su lugar natural, nuestra vida se desarrollaría en plenitud y veríamos al Señor, y dejaríamos de preguntarnos: “¿En dónde está el Señor?”.
Nos hemos vuelto malos, por eso es que preguntamos: “¿En dónde está el Señor?”.
El Señor es muy bueno, por eso es que los malos no lo reconocen.
El Señor es muy transparente, por eso los que están llenos de polvo no lo pueden ver.
El Señor es muy Santo, por eso es que los pecadores no lo reconocen.
Si no hay suficientes hombres para dar testimonio del nombre del Señor, Él se manifestará por otros medios. Si las mismas estrellas llegaran a olvidar el nombre del Señor, Él jamás sería olvidado por las incontables legiones de ángeles que hay en el Cielo. Mientras más débil es la confesión del nombre del Señor en un lado, más fuerte es en otro. Porque la invocación del nombre de Dios no puede menguar ni crecer. Si un riachuelo se seca, otro brotará, y así es como el mar consigue mantener el mismo nivel en sus aguas.
(Traducido de: Sfântul Ierarh Nicolae Velimirovici, Rugăciuni pe malul lacului, Editura Anestis, 2006, pp. 170-172)
