¿Y si nos hacemos siervos del bien?
Cuando alguien se hace siervo del bien, ya no puede hablar mal de los demás, no puede odiar, no puede mentir. No puede, aunque quisiera.
Dentro de nosotros tenemos dos mundos: el bueno y el malo. Ambos toman su fuerza de la misma fuente. Esta fuerza es como una batería. Si el mal se conecta a ella, nos lleva al desastre. Si el bien hace uso de ella, entonces todo en nuestra vida se vuelve hermoso, tranquilo, divino. Por tanto, una misma fuerza puede alimentar tanto al yo bueno como al yo contrario. Somos esclavos de uno de los dos: del bueno o del malo. Procuremos pertenecer al bueno y no al malo.
Daré otro ejemplo. En todas partes del mundo existen ondas hertzianas, pero no las percibimos. En cuanto encendemos un receptor, las captamos y las escuchamos.
Lo mismo sucede cuando entramos en el mundo espiritual. Empezamos a vivir a Cristo, ¡volamos! Entonces sentimos grandes alegrías y experimentamos hermosos momentos espirituales. Poco a poco, nos convertimos en siervos del bien, siervos de Cristo. Y cuando alguien se hace siervo del bien, ya no puede hablar mal de los demás, no puede odiar, no puede mentir. No puede, aunque quisiera. ¿Cómo podría entrar en su alma el maligno para traerle desesperanza, decepción, abatimiento y cosas semejantes? La Gracia Divina lo llena, y esas cosas no tienen poder para entrar en su interior.
No pueden entrar cuando su morada está llena de amigos espirituales —con esto me refiero a los ángeles, los santos, los mártires y, sobre todo, al Señor—. En cambio, cuando alguien se hace esclavo del hombre viejo, queda dominado por el espíritu del mal y ya no puede hacer el bien; se llena de maldad, de juicios, de ira y de tantas otras cosas.
(Traducido de: Ne vorbeşte părintele Porfirie – Viaţa şi cuvintele, Traducere din limba greacă de Ieromonah Evloghie Munteanu, Editura Egumeniţa, 2003, pp. 240-241)
