Vencer al maligno en la lucha contra los malos pensamientos
El demonio ha convertido tu cabeza en una tabla de madera que resuena sin cesar con el eco de tus “carismas”.
Un hermano le preguntó al padre Paisos:
Padre, ¿está mal que me oponga con una terquedad casi infantil incluso a mi propio stárets?
—Como bien sabes, el Typikón unas veces prescribe decir “Señor, ten piedad” tres veces; otras, doce; y otras, cuarenta. Del mismo modo, las pasiones no dejan de ser un mal en ninguna etapa de la vida, aunque cada edad tiene también su propio “Señor, ten piedad”. Lo que no logro comprender es cómo, siendo ya un hombre adulto, sigues teniendo una terquedad infantil. Pero, si insistes en que es una terquedad de niño, entonces acepta que te tiren de las orejas y que, de vez en cuando, también te den una palmada.
Otro hermano le preguntó:
Padre, tengo muchos carismas y dones, y hay un pensamiento que me dice que soy tratado injustamente. Todas esas ideas me tienen confundido. ¿Qué debo hacer?
—Desde que te oí decir: “Yo tengo…”, comprendí que no tienes nada, excepto tu propio “yo”. Ese “yo” es el que te ha atormentado, el que te atormenta ahora y el que también atormenta a los demás. Solo cuando desaparezca ese “yo”, se romperá el martillo del maligno y dejará de golpearte la cabeza con esos pensamientos. Ciertamente, el demonio ha convertido tu cabeza en una tabla de madera que resuena sin cesar con el eco de tus “carismas”.
(Traducido de: Cuviosul Paisie Aghioritul, Epistole, Editura Evanghelismos, pp. 164-165)
