Adormeciendo nuestra conciencia, en el sofá que está frente al televisor

 

Preguntémonos cada vez que nos sentamos frente al televisor, ¿Qué perdemos y qué ganamos? Seguramente la respuesta no siempre favorecerá esta última opción. Es imposible ofrecer una buena educación cristiana a nuestros hijos, y que nosotros crezcamos espiritualmente, cuando toda nuestra atención está dirigida al televisor.

El espíritu maligno y astuto dijo: “De todas las artes, la más importante para Ustedes será la cinematografía”. En esos tiempos, cuando esas palabras fueron dichas, todavía no existía el televisor. Y éste vino a hacerse más importante aún que las películas. “Pan y circo”, pedían a voces los antiguos romanos; en nuestros días, el televisor es el encargado de llevar esa diversión a los hogares, ofreciéndonos la posibilidad de distraernos gratuitamente cada día. El problema es que el televisor no le pide ningún esfuerzo al cerebro, mientras lo llena de toda clase de imágenes. De igual manera, puede provocar un especial deseo de intercambiar impresiones permanentemente, arranccando las raíces de la concentración interior.

Distracciones que no requieren una concentración máxima del cerebro en los problemas vitales y su fundamento espiritual, sobre el sentido de todo lo que sucede: he aquí el “valor supremo” de la televisión. Éste aleja al hombre de su propio “yo” y de Dios. En medio de toda la confusión de nuestro mundo, misma que el televisor se encarga de verter en nuestras casas, la concciencia prefiere permanecer en somnolencia. Para que su conciencia despierte, el hombre debe retraerse a su celda interior. N. K. Krupskaia veía en la cinematografía y en el radio “las armas más eficientes para alejar al hombre de la Iglesia y de la religión”. ¡Pero el televisor vino a convertirse en un arma aún más poderosa!

La televisión propaga juegos deportivos, como el hockey y el fútbol, de una forma que recuerda a los emperadores romanos cuando organizaban luchas de gladiadores en las arenas del imperio. Nosotros, está claro, hemos ascendido apenas algunos peldaños sobre esos sangrientos espectáculos de la Roma antigua. Preguntémonos, ¿Cuánto hemos avanzado? ¿Qué más se puede decir de los homicidios presentados en las películas? El deporte televisado nos por su falta de espiritualidad. Por ejemplo, ha sucedido que un equipo de hockey pierde un partido, provocando que un anciano aficionado muera de un infarto, frente a su aparato de televisión. “porque allí donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mateo 6, 21). Peor aún, hay casos de fanáticos del fútbol que se han suicidado después de la derrota de su equipo favorito.

Para leer un libro es necesario un esfuerzo mínimo. aunque algunas veces es necesario uno más grande. Un libro nos invita a la meditación (aunque no se puede generalizar, diciendo lo mismo sobre todos los libros). Podemos penetrar en el sentido de sus palabras o regresar, una y otra vez, a determinada idea que nos haya impresinado fuertemente. Elegimos un libro de acuerdo a los gustos e ideas que nos formamos con su propia ayuda. Mientras, el televisor no nos pide ningún esfuerzo.

Una pareja de esposos intentaba enseñar a su hijo a leer. El pequeño se oponía tercamente, respondiendo siempre lo mismo: “Todo esto ya lo ví en la televisión. ¿Entonces para que necesito leer?”. Ciertamente, observamos con preocupación cómo a los alumnos les cuesta cada vez más tomar un libro y leerlo. Las obras clásicas son juzgadas de acuerdo sus adaptaciones para el cine. ¡Imagínense que sucedería si la novela “La guerra y la paz” pudiera ser analizada a partir de la película hecha basada en ella!

No nos oponemos completamente al televisor. Existen muchos programas realmente útiles. Por ejemplo, a los niños se les debería recomendar ver las series dedicadas al mundo de los animales, a los viajes alrededor del mundo. Hay reportajes en directo sobre sucesos de importancia, que es bueno seguir para entender lo que está pasando. Igualmente, hay muchas emisiones religiosas. Es contraindicado ver películas eróticas o de terror. No sólo nos quitan el tiempo, sino que nos manchan el alma y nos despiertan deseos indebidos.

Preguntémonos cada vez que nos sentamos frente al televisor, ¿Qué perdemos y qué ganamos? Seguramente la respuesta no siempre favorecerá esta última opción. Es imposible ofrecer una buena educación cristiana a nuestros hijos, y que nosotros crezcamos espiritualmente, cuando toda nuestra atención está dirigida al televisor. Hay muchas familias que simplemente han renunciado a tal placer.

(Traducido de: Gleb Kaleda, Biserica din casă, traducere de Lucia Ciornea, Editura Sophia, București, 2006, p. 180-183)

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