¿Cómo debo percibir a mi semejante?
Cuando Dios nos creó, nos dio la vida e insufló en nosotros Su Espíritu. Este Espíritu es el Amor.
Llegamos a ser reflejo del cielo con un: “hágase Tu voluntad, así en el cielo como en la tierra”.
Quien ama no siente, del mismo modo que no siente que respira.
Cuando se abren las puertas del cielo, se abren también las puertas de la tierra.
Cuando la mente no se vuelva hacia las cosas del mundo y se mantenga unida a Dios, incluso un “buenos días” que digamos será como una bendición.
El “no” y toda negación nos vacían de energía.
No debemos “existir” ante la imagen y semejanza del otro.
En nuestra vida, al comienzo, necesitamos la presencia de otro rostro amado y amigo. A medida que avanzamos, el Dios Único nos colma con Su amor y Su alegría hasta que ya no tenemos necesidad de nadie. Todo esto lo hace, al principio, el alma, porque no sabe a Quién ama y cree que es aquella persona.
Muchas veces, Dios no quiere obras de nosotros, sino disposición. Le basta con ver que estás dispuesto a cumplir Su Mandamiento.
Jesucristo nos dio un ejemplo de oro: Solo, sí, pero también en compañía de otros.
Cuando Dios nos creó, nos dio la vida e insufló en nosotros Su Espíritu. Este Espíritu es el Amor. Cuando el Amor nos abandona, nos convertimos en momias. Y somos como muertos.
El cristiano debe honrar el Misterio del Ser de cada uno y de todos.
Para llegar a decir “no existo”, amas, amas, amas, y así te identificas plenamente con el Otro, sea quien sea el Otro; y entonces, al final del día, te preguntas: “¿Quiero algo? No. ¿Deseo algo? No. ¿Me falta algo? No”. Así es.
