¿Cuál es verdadero el motivo de nuestro buen actuar?
Que cada uno reflexione sobre sí mismo, no sea que su buena conducta esté edificada sobre un cimiento tan frágil.
Me escribes: “Hay quien comienza por sí solo a deshacerse de sus pasiones, pero continúa este trabajo solo por poco tiempo y luego lo abandona. Esta labor de enmienda es autodidacta, sin el espíritu interior de la vida. ¿Cómo es esto posible? ¿Acaso Dios es injusto? El hombre quería enmendarse y se esforzó en dicha labor. ¿Por qué se le priva del auxilio divino?”.
No te inquietes. El Señor no es injusto con nadie. ¡Si ni siquiera un vaso de agua servido a tu prójimo queda sin ser recordado, imagínate ahora un gran esfuerzo...! Solo es necesario que lo que hacemos sea hecho para Él y dedicado a Él, desde el corazón. Pero con frecuencia sucede que, en apariencia, se realiza la obra de Dios, cuando en realidad se trata de algo completamente distinto. ¡Cuánta astucia se esconde en la voluntad rebelde del hombre! ¿Y quién tiene poder para desenredar todas sus desviaciones y enredos? Les contaré un suceso ocurrido en Moscú en el año 1812, tal como a mí me fue contado.
Había en Moscú un hombre muy devoto, gran practicante del ayuno y la oración, además de muy generoso. Todos lo apreciaban y estaban convencidos de la solidez de su virtud. Pero cuando los rusos abandonaron Moscú y los franceses entraron en la ciudad, todo nuestro orden se desmoronó y cada uno vivía de lo que podía. Entonces, este hombre —que se había quedado en Moscú, no se sabe por qué motivo— se entregó a la embriaguez y a una vida impura con tal desenfreno y desvergüenza como rara vez se ve incluso entre pecadores más empedernidos. ¡Solo Dios sabe lo que esto significa!
He aquí, sin embargo, lo que yo pienso —y digo esto no para condenar a aquel hombre (pues muchas son las asechanzas del enemigo y grandes nuestras debilidades)—, sino únicamente para esclarecer la idea que quiero someter a tu atención. Tal vez, en su corazón siempre había tenido una inclinación hacia tales cosas y nunca había renunciado a ellas por completo. Las circunstancias externas anteriores lo mantenían en una conducta recta; pero cuando ese obstáculo desapareció, las inclinaciones ocultas en su corazón salieron a la luz y se manifestaron en acciones correspondientes. ¡Cuántas personas así no habrá en el mundo! Hasta cierto momento todo parece bueno, y luego todo se derrumba y ya no sirve para nada. ¿Por qué? Porque todo lo hacía por motivos exteriores y, al desaparecer estos, también se interrumpieron aquellas virtuosas obras. ¿Quién lleva una disposición de vida semejante? Nadie lo sabe, fuera de Dios.
Que cada uno reflexione sobre sí mismo, no sea que su buena conducta esté edificada sobre un cimiento tan frágil. Luego, si alguien tiene una conducta así y luego cae, ¿qué pérdida puede sufrir el don de la Gracia, si nada hizo para el Señor? ¿Y qué culpa tiene el camino de la salvación, si jamás lo tuvo verdaderamente en vista?
(Traducido de: Sfântul Teofan Zăvorâtul, Învățături și scrisori despre viața creștină, Editura Sophia, București, 2012, pp. 116-117)
