Palabras de espiritualidad

¡Cuán pequeño me siento ante Tu inmensidad, oh Dios!

  • Foto: Florentina Mardari

    Foto: Florentina Mardari

«¡Tú eres mi luz, Señor! Señor, ilumina mi oscuridad!» (II Reyes 22, 29).

Sabemos que cuando pronunciamos el Credo hacemos una confesión que nos llena de consuelo: ¡Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero! Podríamos decir que Dios es Luz y que el profeta David, inspirado por el Espíritu Santo, dice: «¡Tú eres mi luz, Señor! Señor, ilumina mi oscuridad!» (II Reyes 22, 29).

Cada uno de nosotros ha tenido ocasión, a lo largo de su vida, de experimentar al menos una caminata o unos pasos por una oscuridad total, por así decirlo. Sabemos lo incómodo que es y cuánto deseamos salir de inmediato a la luz, que la oscuridad termine de una vez. ¿Cómo nos sentiríamos si supiéramos que, una vez que el sol se oculte detrás de aquella la colina, se pondrá por última vez y que pasarán horas y horas sin volver a salir a la hora acostumbrada, según el curso de los astros? Sentiríamos como si esas pocas horas o días —¡Dios nos libre!— duraran miles de años, y el corazón nos estallaría y se haría añicos.

La llamada a la luz divina está dirigida a todos, como leemos: «¡Feliz el pueblo que conoce el clamor de júbilo; Señor, en la luz de Tu Rostro caminaremos, y en Tu Nombre se alegrarán todo el día, y en Tu justicia serán enaltecidos!» (Salmos 88, 15-16)..

(Traducido de: PS Calinic Argatu, Episcop al Argeșului și Muscelului, Veșnicia de zi cu zi, Editura Curtea Veche, București, 2006, p. 11)


 

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