Cuando hablamos de nuestra gloriosa Madre...
Ella es la cuarta presencia espiritual en el cielo. Primero está el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es decir, la Santísima Trinidad; luego, como cuarta, está la Madre de Dios.
Tengan gran devoción, hermanos, a la Virgen María. Bienaventurada es la casa y la familia que tiene en su hogar el ícono de la Madre de Dios, y que cada mañana le lee el Acatisto y su venerable Paráclesis, y en la que todos conocen oraciones dirigidas a la Madre de Dios.
Mucho pueden los santos de Dios, pero ninguno tanto como la Madre de Dios. Si la Madre de Dios no estuviera en los cielos, entre la Santísima Trinidad y nosotros, este mundo se habría perdido hace mucho tiempo. Ella permanece siempre de rodillas, orando ante la Santísima Trinidad.
Ella es la cuarta presencia espiritual en el cielo. Primero está el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es decir, la Santísima Trinidad; luego, como cuarta, está la Madre de Dios.
Escuchen cómo canta la Iglesia: “Tú eres más venerable que los querubines y más gloriosa incomparablemente que los serafines…”. ¿Lo han oído? ¿Por qué? Porque ella llevó en su seno a Aquel que creó de la nada a los serafines y querubines.
(Traducido de: Ne vorbește Părintele Cleopa, vol. 7, Editura Mănăstirea Sihăstria, p. 22)
