Palabras de espiritualidad

De la misericordia de Dios y de la Santísima Virgen María

  • Foto: Silviu Cluci

    Foto: Silviu Cluci

La misericordia se parece al mar, en el que uno se sumerge y experimenta sus profundidades. En cuanto te relajas y te entregas a sus olas, descubres que no te hundes; al contrario, flotas. 

El monje tiene una relación directa con la Santísima Virgen; es un recipiente que recibe la divinidad, porque Dios “ha venido en medio de la asamblea de los santos” [1]. Dios habita allí donde nosotros habitamos.

Cuando los monjes cantan “Verdaderamente es digno”, tienen la sensación de asemejarse a los ángeles, que permanecen delante del trono celestial. Permanecen inmóviles y descubiertos para tributar el debido honor a la Santísima Virgen, quien, tanto cuando habla como cuando calla, tanto cuando lleva al Niño en su vientre como cuando da a luz, tanto cuando camina por el Monte Athos como cuando lleva nuestras peticiones al Cielo, no hace otra cosa sino elevar a Dios hacia nosotros y hacer que Dios descienda hasta nosotros. Ella logra convertirlo en morador permanente de nuestros corazones.

La Madre de Dios, nuestra Madre, es la persona más querida por todos los athonitas y, me atrevería a decir, por todos los monjes. Sin ella, no es posible que el monje dé siquiera un solo paso en su vida espiritual. Ni siquiera puede comenzar a pronunciar “Señor Jesucristo...”, ni aprender su significado. Con la ayuda de la Santísima Virgen, todo esto se convierte en una experiencia verdadera para cada persona, pero ante todo para la Iglesia, que es más auténtica, más segura y más verdadera que nosotros.

Un monje intentaba constantemente hacer de la oración “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí, pecador” el contenido de su mente y de su corazón. Pero como no lo conseguía, le pidió a la Madre de Dios que hiciera morar al Señor en su corazón por medio de estas palabras.

Mientras tanto, su stárets no le permitía detenerse a pensar en el significado de cada palabra de la oración, sino únicamente seguir las palabras, porque muchas veces, cuando nos ocupamos de los significados de las palabras, puede suceder que caigamos en lucha interior, en dispersión de la mente, en lentitud o en estados meramente sentimentales. Otras veces confundimos las sensaciones humanas y nuestras propias experiencias con los dones divinos. Para protegerlo de semejantes peligros, el stárets le indicó que siguiera únicamente las palabras. Naturalmente, aquel monje no podía comprender el sentido de las palabras de su padre espiritual, pero obedeció.

Una noche, mientras se encontraba profundamente afectado por esta dificultad, se acordó de la Madre de Dios y le dijo:

«Santísima Madre de Dios, mi padre espiritual me recomienda que siga únicamente las palabras de la oración. Pero mi corazón no puede comprender esto. Te dejo a ti que me ayudes, y yo diré solamente las palabras: “Señor Jesucristo, ten misericordia de mí, pecador”».

Continuó orando, sentado en su pequeño taburete, humilde y obediente como un discípulo, con el corazón frío, algo cansado y un tanto decepcionado, porque el tiempo pasaba y no lograba alcanzar el progreso que deseaba.

Sin embargo, mientras estaba sentado, de repente se dio cuenta de que sus labios ya no murmuraban nada; solamente su corazón repetía continuamente aquella conocida expresión litúrgica nuestra: “con misericordia y compasión”. Y lo comprendió por sus ojos llenos de lágrimas y su corazón compungido.

No sabía si estaba dormido o despierto. Solo sabía que había descubierto el lugar donde Dios desciende, porque Dios es misericordia y compasión. Dios, hasta entonces inaccesible; Dios, incomprensible, trascendente, intocable, se hizo cercano dentro de su corazón como misericordia y compasión.

La misericordia se parece al mar, en el que uno se sumerge y experimenta sus profundidades. En cuanto te relajas y te entregas a sus olas, descubres que no te hundes; al contrario, flotas. Las compasiones muestran que este mar no es solamente algo a lo que uno se entrega, sino también algo que se entrega a uno. Porque las compasiones son los movimientos de la divinidad hacia nosotros; son la salida de Dios de Sí mismo, Sus divinas energías que, al entrar en nuestro corazón y en nuestra vida, llegan a unirse con nosotros.

Más exactamente, lo creado que llevamos en nuestro cuerpo y en nuestra alma se une con lo no-creado y es deificado.

El monje que oraba había entrado en el mar, había contemplado cuán grande es la misericordia de Dios, había comprendido que Sus compasiones son una irradiación continua, una transmisión incesante de la divinidad, y aquel día se unió a Dios.

Desde entonces, aunque hubiera querido, nunca más logró permanecer aferrado a su propia voluntad. La Madre de Dios le había concedido este gran don. Y lo mismo hará también con nosotros.

Muchas veces nosotros, los seres humanos, decimos que daríamos a Dios todo cuanto pudiéramos. Pero todo lo que pudiéramos darle es nada, porque ¿qué tenemos que no hayamos recibido de Dios? [2] Nadie ha dado algo a Dios sino únicamente aquello que Él mismo nos ha dado. Por lo tanto, todo lo que le demos ya le pertenece.

Pero todo lo que Él nos da por medio de Sus misericordias, por medio de Sus energías, se convierte en nuestra riqueza. Dios no se retracta de Su palabra; permanece fiel. Nos concede Sus dones sin arrepentirse de haberlos dado y los convierte en nuestra riqueza, en nuestro beneficio, en nuestra parte.

Demos gracias a la Santísima Madre de Dios por todos sus dones.

(Traducido de: Arhimandritul Emilianos Simonopetritul, Cuvinte praznicale mistagogice, Indiktos, Athena, 2014)

[1] Salmos 81, 1.

[2] I Corintios 4, 7.