De la relación entre monjes y laicos
«Hermanos, no quiero perder el tiempo con ustedes. ¡Sean bienvenidos entre nosotros! Aprovechen y participen en los oficios litúrgicos. ¡Alégrense de estar aquí! Y perdónenme, pero tengo que cumplir con mis labores de obediencia».
¿Cómo debe ser la conducta de los fieles para con los monjes cuando visiten algún monasterio? Y, del mismo modo, ¿cómo deben comportarse los monjes con los laicos que vienen a orar en el monasterio?
—Los laicos deben respetar completamente a los monjes, porque son personas consagradas, bendecidas; y los monjes, por su parte, deben saber agradar a estas personas, aconsejarlas y exhortarlas a mantener su fe. Ni unos ni otros deben hablar mal, buscando defectos aquí y allá. Los monjes no son perfectos: están en camino, inmersos en un proceso de formación; pero perseveran y permanecen allí, como dicen algunos Santos Padres, grandes hombres espirituales; por eso, «no importa que coman cuando tengan hambre o que duerman cuando tengan sueño... ¡lo importante es que permanezcan allí!». Porque el solo hecho de permanecer en el monasterio es ya una forma de ascesis. Desde ese momento se les llama monjes. Por tal razón, si aún no pueden librarse de aquellas inclinaciones (comer, dormir), no es correcto llamarlos “malos monjes”, sino menos perseverantes en la ascesis. Pero a todos se les exige una cosa categórica: no hablar mal del otro, porque esta ascesis es más grande que el canon de oraciones, las postraciones y todas las demás prácticas. No hables mal de tu hermano, porque el criterio del Juicio Final será el amor que impartimos en vida a nuestros semejantes. Cuando hablas mal del otro, es como si estuvieras cometiendo un crimen. Por eso, entre los esfuerzos espirituales más grandes que debe practicar el monje encontramos la perseverancia y el no hablar mal de los demás.
Por otra parte, cuando vengan los laicos, nosotros, los monjes, tenemos que alegrarnos, porque ellos también obtienen un beneficio espiritual al visitarnos. Hermano monje, haz todo lo posible para que los laicos obtengan un provecho más grande de tu comportamiento que de tus palabras. Porque no es el decir, sino el obrar, lo que nos lleva a alcanzar la meta. Ayudemos a los laicos a que aprendan del modo de ser de los monjes. «Hermanos, no quiero perder el tiempo con ustedes. ¡Sean bienvenidos entre nosotros! Aprovechen y participen en los oficios litúrgicos. ¡Alégrense de estar aquí! Y perdónenme, pero tengo que cumplir con mis labores de obediencia».
(Traducido de: Ne vorbește Părintele Arsenie, ed. a 2-a, vol. 3, Editura Mănăstirea Sihăstria, 2010, p. 27)
