De la satisfacción consigo mismo a la entrega de sí mismo: un cambio de perspectiva

 

En nuestros días, “amor” significa buscar cómo alimentar el ego, cuando el amor verdadero “no busca beneficio propio”, sino que se entrega, se ofrece. El hombre se entrega a Dios y al prójimo. Cuando el hombre se arrepiente y se confiesa, no es suficiente que reconozca ciertas cosas, sino debe cambiar la base de todo, desde sus raíces.

El arrepentimiento, el cambiar, el corregirse, el abandonar el pecado y empezar a obrar en rectitud suceden cuando el hombre deja de actuar para sí mismo, con egoísmo y amor propio, buscando tan sólo su propia satisfacción. Él debe dirigirse hacia Dios. Este movimiento significa, precisamente, el amor. El amor al prójimo es el mismo espíritu interior.

En nuestros días, “amor” significa buscar cómo alimentar el ego, cuando el amor verdadero “no busca beneficio propio”, sino que se entrega, se ofrece. El hombre se entrega a Dios y al prójimo. Cuando el hombre se arrepiente y se confiesa, no es suficiente que reconozca ciertas cosas, sino debe cambiar la base de todo, desde sus raíces.

Si el impulso que tienes se dirige a tu ego, es porque tiene como objetivo tu propia satisfacción, para que te sirvas y te preocupes sólo por tí mismo, alimentando tu propio ídolo; aunque rectifiques, no importando cuántas cosas buenas hagas y cuánto bien pudieras hacer, todo esto significa pecado.

El hombre debe dirigirse hacia Dios, por medio del arrepentimiento. El arrepentimiento significa cambio, también. El hombre se deja a sí mismo, deja todo lo que lo lleva a centrarse en sí mismo, para dirigirse hacia Dios.

(Traducido de: Arhimandrit Simeon Kraiopoulos, Adame, unde ești? Despre pocăință, traducere de Preot Victor Manolache, Editura Bizantină, București, 2008, pp. 80-81)