De un mundo que ya no reconoce la virtud del monaquismo
El camino del monje es arduo, sí, pero precisamente por ello trae consigo alegrías tan excelsas, de las que los hombres del mundo no tienen noción alguna...
Vivimos tiempos difíciles. El monaquismo ya no se distingue por la austeridad de antaño; somos débiles e impotentes, y a veces incluso nos toca alentar a otros. Yo mismo me encuentro en una situación semejante: soy débil, necesito ayuda y sostén, pero, debido a mi condición, me veo obligado a consolar a quienes acuden a mí.
Al Monasterio Óptina vienen personas de un mundo que ya no suspira como antes, sino que clama a gritos. Vienen aquí buscando consuelo y paz. Desean orar, permanecer en este ambiente sereno, y quizá las palabras del padre les sean de provecho… Y, con la ayuda de Dios, según la fe de cada uno, reciben lo que buscan y se marchan reconciliados.
Hoy se alzan muchas voces contra el monaquismo; los hombres de este mundo, bajo la influencia del maligno, quisieran borrar por completo los monasterios de la faz de la tierra, pero estos continúan existiendo bajo el amparo de la Gracia Divina. El camino del monje es arduo, sí, pero precisamente por ello trae consigo alegrías tan excelsas, de las que los hombres del mundo no tienen noción alguna, y por medio de las cuales uno puede olvidar todos los dolores y estrecheces de la vida monástica.
(Traducido de: Starețul Varsanufie de la Optina, Editura Doxologia, Iași, 2011, p. 241)
