Palabras de espiritualidad

El amanecer y el ocaso de nuestra vida

  • Foto: Ioana Stoian

    Foto: Ioana Stoian

Toda nuestra vida es como un solo día; tal como el día tiene mañana y tarde, también en nuestra vida la mañana es nuestro nacimiento, y la tarde es el final, por medio de la muerte.

El Señor nos manda contemplar las flores del campo también para conocer la vanidad y lo pasajero de nuestra vida. Recordemos, pues, lo que dice David: “El hombre, como la hierba son sus días; como la flor del campo, así florecerá” (Salmos 102, 15); y nuevamente: “Sus años serán como cosa vana; por la mañana, como la hierba, pasará. Por la mañana florecerá y pasará; por la tarde caerá, se marchitará y se secará” (Salmos 89, 5-6).

Toda nuestra vida es como un solo día; tal como el día tiene mañana y tarde, también en nuestra vida la mañana es nuestro nacimiento, y la tarde es el final, por medio de la muerte.

En este día, es decir, en la vida, nosotros somos como la hierba, según las palabras del Santo Apóstol Pedro: “Porque toda carne es como la hierba” (I Pedro 1, 24). Y tal como la hierba tiene su flor, así también en nuestro cuerpo está nuestro aliento; y de la misma manera que la flor de la hierba florece por la mañana y por la tarde se cierra, se marchita y cae, así también nuestra vida: el hombre nace y ya se acerca a la muerte; apenas comienza a florecer, cuando ya se cierra; desde el instante de su nacimiento, como desde el comienzo de la mañana, avanza hacia la tarde, hacia la muerte; apenas ha salido el sol sobre él, cuando ya comienza a inclinarse hacia su ocaso...

(Traducido de: Sfântul Dimitrie al RostovuluiViața și omiliile, Editura Egumenița, Alexandria, p. 41)

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