El amor de Dios y la indiferencia del hombre

 

¿Es posible que Dios, el Justo Juez, observe sin enojarse a aquel que infringe la ley a cada paso que da?

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

El estado natural de la descendencia de Adán comprende en sí mismo no sólo el llanto, sino también la desesperanza; no sólo el lamento, sino también la petrificación; no sólo el oprobio, sino también la perdición. El hombre piensa el mal (Génesis 6, 5): a partir de esto viene, inexorablemente, un diluvio de vilezas, que rebosa desde la mente sobre todas sus acciones, lo cual consume todas sus fuerzas y —aun en lo que respecta a las cosas exteriores— no trae sino vacío. ¿Es posible que Dios, el Justo Juez, observe sin enojarse a aquel que infringe la ley a cada paso que da? ¿Es posible que nuestro Buen Creador permanezca impasible ante los suspiros de los seres que sufren? El juicio justo desencadena terribles truenos, pero la bondad detiene la mano que está lista para liberarlos. La misericordia quiere darle al sufriente el cáliz de la salvación, pero el insensato hijo de la perdición rechaza que se le hable de la sanación de su atroz enfermedad.

(Traducido de: Sfântul Filaret, Mitropolitul MoscoveiCuvinte despre Taina Crucii, Editura Sophia, București, 2002, pp. 25-26)

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