Palabras de espiritualidad

El amor de los santos por todos sus semejantes

  • Foto: Silviu Cluci

    Foto: Silviu Cluci

Los santos aman a las personas no por su belleza, ni por su riqueza, ni por la agudeza de su inteligencia, ni por ningún otro don natural, sino por sus virtudes espirituales.

Los santos trataban a todas las personas por igual. Se cuenta de San Pimeno el Grande que no abrió la puerta a su propia madre ni intercedió por el hijo de su hermana cuando este fue acusado injustamente. Los santos no hacían ningún tipo de diferencias y evitaban mostrar sus preferencias, para no escandalizar a los débiles en la fe. Se cuenta de San Arsenio el Grande que, cuando llegaron hasta él unos enviados del abbá Teófilo, que era el arzobispo, para preguntarle si podía recibirlo, el santo respondió:

—Díganle que, si le abro a Teófilo, tendré que abrirle a todo el mundo; y si le abro a todo el mundo, tendré que marcharme de estos lugares. Así pues, que él mismo decida si viene o no.

Y el abbá Teófilo decidió no ir a visitar al santo, si su visita iba a hacer que este tuviera que abandonar el lugar. Vemos, pues, que los santos ponían al arzobispo en el mismo lugar que a cualquier otro hombre, considerando que hacia todos tenemos la misma deuda de amor y que no podemos hacer distinciones.

Por supuesto, esto no contradice aquellas situaciones en las que los santos tenían discípulos o compañeros de ascetismo a quienes amaban de manera especial. Pero esto no significa que los prefirieran a los demás, sino que veían en ellos las virtudes divinas. Los santos aman a las personas no por su belleza, ni por su riqueza, ni por la agudeza de su inteligencia, ni por ningún otro don natural, sino por sus virtudes espirituales, porque en ellas se manifiesta la imagen de Dios. Y los santos aman todo aquello que les recuerda a Dios y los conduce hacia Él.

(Traducido de: Ieromonahul Savatie BaștovoiA iubi înseamnă a ierta, ediția a doua, Editura Cathisma, București, 2006, pp. 123-124)


 

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