Palabras de espiritualidad

El comienzo de nuestra salvación, por medio de la Virgen María

  • Foto: Magda Buftea

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El comienzo de todo fruto es la flor, y esto es evidente. Pero el comienzo de nuestra salvación es el nacimiento, dado y elegido por Dios, de la Purísima e Inmaculada María, siempre Virgen, y esto de manera aún más clara.

El comienzo de todo fruto es la flor, y esto es evidente. Pero el comienzo de nuestra salvación es el nacimiento, dado y elegido por Dios, de la Purísima e Inmaculada María, siempre Virgen, y esto de manera aún más clara. A ella, a quien hoy alabamos, también la celebramos como es debido. Para que por medio de ella todo el ciclo del año fuera bendecido, nació en este mes, el primero del año, pero durmió el sueño de la inmortalidad en el último, para que, al abarcar los diez meses intermedios, los bendijera cíclicamente mediante su nacimiento y su vivificante dormición. […]

Los padres de esta niña de Dios fueron Joaquín y Ana, descendientes del rey David, de la tribu de Judá. Eran observantes de la Ley y cumplían rigurosamente los mandamientos divinos. Poseían grandes riquezas y eran todavía más ricos en virtud divina, pero eran pobres por no haber tenido hijos, debido a los lazos de esterilidad de la bienaventurada Ana. Por eso soportaban con frecuencia el desprecio de los hijos de Israel. No solamente los sacerdotes no aceptaban los dones que ellos ofrecían a Dios, sino que muchas veces eran insultados abiertamente por no tener descendencia en Israel.

Por ello, el justo Joaquín, profundamente afligido y apartándose de toda compañía humana, se retiró al desierto. Allí, ayunando durante cuarenta días entre lágrimas y abstinencia, rogaba al Señor diciendo: “Aparta de mí, Señor, la vergüenza de no tener hijos y el desprecio; y dígnate, Señor, concederme también a mí descendencia, y yo nuevamente te la ofreceré, oh Soberano, a tu bondad”.

Así, pues, mientras el justo rogaba por la benevolencia divina, recibió aquello que anhelaba con todo su corazón: “Clamaron los justos, y el Señor los escuchó”. Por eso también lo escuchó prontamente nuestro Clementísimo Señor, para que por medio de su descendencia se cumpliera el misterio oculto y determinado desde antes de los siglos. Por eso, un ángel del Señor, enviado a Joaquín, le dijo: “El Señor ha escuchado tu oración, y Ana, tu esposa, concebirá, y tu descendencia será proclamada en todo el mundo”. […]

Y, conforme a la palabra divina, con una pequeña cantidad de levadura tres medidas de harina hacen fermentar toda la masa. Así también aquí: por medio de esta levadura purísima, formada por Dios, el Creador, al formar la masa, se mezcló Él mismo con ella, el Purísimo Panadero, y tomando una parte de ella, obró maravillosamente toda nuestra masa y nuestra naturaleza. Por eso decía: “Yo soy el Pan vivo” (Juan 6, 51), y “Yo soy el Pan de vida; quien come de este Pan no tendrá hambre” (Juan 6, 35), y todo lo demás.

(Traducido de: Sfântul Neofit Zăvorâtul din Cipru, Omilii la Maica Domnuluitraducere de Laura Enache, ediție îngrijită de Pr. Dragoș Bahrim, Editura Doxologia, Iași, 2016, pp. 23-25; 27)


 

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