El ejemplo de vida del padre Zacarías del Monasterio Sihăstria Tarcăului
Se dice que a las personas que se han santificado Dios las pone a velar por los lugares en los que vivieron. Su espíritu y sus oraciones han custodiado este lugar en su sencillez.
Venerable padre, ¿cómo fue que entró a la vida monástica?
—En un momento de mi vida, tuve que enfrentar algunas tribulaciones, fue una verdadera encrucijada... Entonces, hice una promesa interior, en la cual dije que si Dios me ayudaba a superar aquella situación, le serviría con toda mi fe. Y, bueno, Dios me ayudó a sortear ese período de adversidad, mi enfermedad, y así fue como empecé a visitar los monasterios de Moldova, en especial los monasterios Sihăstria, Secu y Sihla.
Allí conocí a un anciano monje, quien me acogió en su celda y me quedé algunos días con él. Estoy hablando del padre Nifón, quien ya descansa en los brazos del Señor. Un hombre extraordinario, un magnífico practicante de la oración. Con el tiempo, mis visitas se hicieron más frecuentes y prolongadas. A veces me quedaba hasta una semana entera en Sihăstria, cuando estaba de vacaciones.
“Dios te ayuda a conocer tus capacidades y a encontrar tu lugar”
Mi padre espiritual me pedía que me quedara más tiempo y que participara en más actividades. Así, empecé a cantar en los oficios litúrgicos y a involucrarme en distintas tareas de obediencia. Sin darme cuenta, la vida monacal había empezado a gustarme mucho, y pronto decidí en mi corazón que lo que quería era renunciar a todo y venir a morar en el monasterio.
Mientras tanto, mantenía una intensa correspondencia con mi padre espiritual, y cuando él me dio su bendición, dejé todo, renuncié a mi trabajo, me despedí de mi familia —llegué a un acuerdo con mi esposa, quien no se opuso en ningún momento— y me fui al Monastero Lainici. Años atrás, había trabajado en esa misma zona de Petroşani, en un proyecto de topografía minera. Me quedé unos ocho meses en el Monasterio Lainici. En aquel lugar pude conocer a varios monjes que llevaban una auténtica vida de ascetas, aunque desde el primer instante me pareció que el flujo de peregrinos y visitantes que venían al monasterio era demasiado grande. Por eso, me retiré a la zona de Moldova, y allí encontré lo que estaba buscando. Cierto es que, a veces, ni tú mismo estás preparado para lo que crees que quieres. Pero, poco a poco, con pequeñas pruebas, Dios te ayuda a conocer tus capacidades y a encontrar tu lugar.
Dijo que había sufrido de una enfermedad, que atravesaba adversidades.
—Aunque no contaba con un diagnóstico preciso, me había debilitado mucho y sentía un desequilibrio general, incluso en el plano espiritual. Creo que la principal causa de todo era mi alejamiento de Dios. Fueron los años en los que aparecieron los ordenadores y todo lo relacionado con la informática, y creo que abusé un poco de esas cosas. Permanecía horas enteras frente a la pantalla... Hasta abrí un negocio, porque mi intención era llegar lejos en la materia. No me interesaba tanto ganar dinero, pero tampoco lo rechazaba. Realmente, me llegué a apasionar mucho con ese trabajo. Y eso se convirtió en estrés, en términos médicos.
Al irse a vivir al monasterio, ¿cómo sucedió el cambio en su vida, cómo fue ese volver a la normalidad?
—El hombre renace. Te sientes como un niño. Recuerdo que mi primera labor de obediencia fue con el ganado. Iba con otro hermano, con el padre Dionisio, y los apacentábamos. Pero como en la zona del monasterio los pastizales se reservaban para hacer heno, teníamos que llevarlos lejos, hasta Cichiva, a unos seis o siete kilómetros.
Era algo hermoso: cada día descubríamos nuevos claros, nuevos pastos; pero viniendo de un bloque de apartamentos no estabas acostumbrado a las vacas ni a sus costumbres. Se iban separando unas de otras, a veces las perdías en el bosque y tenías que buscarlas. Había también terneros y, justo cuando tenías que regresar a casa, veías que faltaban tres. Había que volver atrás: las vacas seguían adelante, los terneros ya se habían saciado y se quedaban detrás de algún tronco más alto, y ya no sabíamos por dónde andaban. Los guardabosques habían levantado sus almiares de heno, y teníamos un toro que siempre se abalanzaba sobre ellos.
Como todo monje, pasé por todas las labores de obediencia. Haces de ayudante de altar, trabajas en la cocina, haces pan, preparas el prosforon, cantas en el coro: un poco de todo. De todos modos, estás obligado a hacerlo todo, más que nada porque no somos muchos los que vivimos en el monasterio.
Hay mucha sencillez aquí, en Tarcău.
—Sí, así es. No se ha hecho ningún intento por modernizar las instalaciones del monasterio, y todos los stárets han seguido esa misma línea de pensamiento. Se dice que a las personas que se han santificado Dios las pone a velar por los lugares en los que vivieron. Su espíritu y sus oraciones han custodiado este lugar en su sencillez. Creo que son pocas las personas que, habiendo pasado por Tarcău, no han germinado un cierto amor por este lugar.
