Palabras de espiritualidad

Estar en paz con todos

  • Foto: Silviu Cluci

    Foto: Silviu Cluci

Translation and adaptation:

Que nuestras obras sean modelos dignos de imitación y que nuestras palabras tengan la miel que sana las heridas del alma.

De nada nos servirá estar en paz con los hombres si estamos en guerra con Dios. Sólo al poseer la “paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4,7) podemos estar seguros, vivir sin temor, hallar la puerta del amor y de la comunión, derribar el muro de las sospechas y de la desconfianza.

No seamos, pues, piadosos en la fe y falsos en nuestra vida y en nuestras obras. Esforcémonos sin cesar, según nuestras posibilidades, por restablecer la paz en medio de nosotros, sirviendo así a Cristo el Señor, porque “la paz entre los hermanos”, decía Pedro Crisólogo en una de sus homilías, “es la voluntad de Dios, la alegría de Cristo, la consumación de la santidad”.

Busquemos la paz con nuestros semejantes, guardémosla y cultivémosla como a una flor rara, que requiere un cuidado especial.

Puesto que el mismo Cristo nos dejó en herencia Su paz (Juan 14,27), mandándonos amarnos unos a otros —porque sólo así seremos reconocidos como Sus discípulos (Juan 13, 35)—, elevemos nuestro canto de paz hacia los cielos, invitando a unirse a nosotros a todos los que deseen recorrer con nosotros un camino largo, quizá arduo, pero al final del cual nos esperan el amor y, con los brazos abiertos, Cristo, el Señor de la paz.

Hagamos que la serenidad y la paz den fruto, buscando la vida no en dogmas ni en teorías, sino en su finalidad. Que nuestra vida se viva “con toda piedad y decoro” (I Timoteo 2,2), es decir, edificando la paz; que nuestras obras sean modelos dignos de imitación y que nuestras palabras tengan la miel que sana las heridas del alma.

(Traducido de: Gheorghe Badea, Sfinții Părinți despre pace, Editura Sf. Mina, 2004, p. 3)



 

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