La alegría que nos da nuestra Madre
Al dar a luz a nuestro Señor Jesucristo, la Santísima Virgen María es motivo de alegría para toda la creación, es decir, para todos los ángeles y para todos los hombres de fe, porque en ella está la Gracia de Dios.
Mantengamos a la Madre de Dios en nuestra alma como aquella que, al dar a luz a nuestro Señor Jesucristo, es motivo de alegría para toda la creación, es decir, para todos los ángeles y para todos los hombres de fe, porque en ella está la Gracia de Dios.
Toda la creación se alegra de la Madre del Señor por esta dignidad suya: porque fue elegida por Dios Padre, llevó en su seno a Dios Hijo y el Espíritu Santo descendió sobre ella. El ángel que vino a anunciarle la Buena Nueva la saludó diciendo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”, y la llamó “bendita entre las mujeres”. También Santa Isabel tuvo la dicha, por el poder del Espíritu Santo, de reconocer en su prima María a la Madre del Señor: “¿De dónde a mí este honor, que venga a mí la Madre de mi Señor?”. Y pronunció estas palabras después de que su alma se llenara de gozo bajo la acción del Espíritu Santo: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre” (Lucas 1, 42-43).
Más adelante, una mujer levantó la voz entre la gente, según el testimonio de San Lucas Evangelista, mientras nuestro Señor Jesucristo hablaba, y ella, impresionada por Sus palabras, exclamó: “Dichoso el vientre que te llevó y los senos que te amamantaron”. Y nuestro Señor Jesucristo respondió: “Más bien, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lucas 11, 27-28).
En estas palabras de alabanza —pronunciadas por el ángel que anunció la Buena Nueva, por Santa Isabel y por aquella mujer que, levantando la voz entre la gente, proclamó dichosa a la Madre de Dios—, se encuentra el fundamento de la veneración que nuestra Santa Iglesia tributa a la Madre de Dios.
(Traeducido de: Arhimandritul Teofil Părăian, Maica Domnului – Raiul de taină al Ortodoxiei, Editura Eikon, 2003, pp. 85-86)
