La condición básica de la oración

 

En donde hay humildad, el maligno no tiene lugar. Y en donde no está el demonio, es natural que no haya tentaciones.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

La humildad tiene una gran fuerza y derrite al demonio. De hecho, representa el mayor “shock” para él. En donde hay humildad, el maligno no tiene lugar. Y en donde no está el demonio, es natural que no haya tentaciones.

En cierta ocasión, un asceta obligó a un demonio a decir: “Santo Dios…”.  El pobre espíritu empezó: “Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal”, pero era incapaz de terminar “ten piedad de nosotros”.

“¡Ten piedad de nosotros!”, insistió el monje. Nada. Si lo hubiera dicho, se habría convertido en ángel. El maligno es capaz de decir todo, pero no “ten piedad de nosotros”, porque para eso se requiere de humildad.

Ese “¡Ten piedad de mí/nosotros!” encierra una gran humildad, y el alma recibe la más grande misericordia de Dios, misma que está pidiendo.

(Traducido de: Cuviosul Paisie Aghioritul, Cuvinte duhovnicești I – Cu durere și cu dragoste pentru omul contemporan, traducere din limba greacă de Ieroschimonah Ștefan Nuțescu de la Schitul Lacu din Sfântul Munte Athos, Editura Evanghelismos, București, 2003, p. 64)