La dicha de ser cristianos

 

¡Oh, hermanos, les ruego y les suplico, en nombre de la misericordia de Dios, que crean en el Evangelio y en el testimonio de la Santa Iglesia, y así podrán gustar ya desde esta vida la felicidad del Paraíso!

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

¡Qué dichosos somos nosotros, los cristianos! ¡Pero qué Dios tenemos!

¡Pobres de aquellos que no conocen a Dios! No ven la luz eterna y, al morir, se dirigen a la oscuridad que no tiene fin. Nosotros sabemos esto, porque en la Iglesia el Espíritu Santo les revela a los santos qué hay en el Cielo y qué hay en el infierno. ¡Generación infeliz y perdida! Ignoran lo que es la felicidad verdadera. A veces se alegran y ríen, pero su risa y su alegría se tornan pronto en llanto y tristeza.

Mas, nuestra alegría es Cristo. Con Su Pasión nos inscribió en el Libro de la Vida, y en el Reino de los Cielos estaremos eternamente con Dios y veremos Su gloria, deleitándonos con ella.

Nuestra alegría es el Espíritu Santo. ¡Qué dulce y amoroso es! Él da testimonio al alma de su salvación.

¡Oh, hermanos, les ruego y les suplico, en nombre de la misericordia de Dios, que crean en el Evangelio y en el testimonio de la Santa Iglesia, y así podrán gustar ya desde esta vida la felicidad del Paraíso, porque el Reino de Dios está en nuestro interior, y el amor de Dios le concede al alma el Paraíso! Príncipes y soberanos han renunciado a sus tronos después de conocer el amor de Dios. Y esto se explica solo, porque el amor de Dios se inflama la Gracia y conmueve al alma hasta las lágrimas, y no hay nada en este mundo que se le parezca.

(Traducido de: Cuviosul Siluan Athonitul, Între iadul deznădejdii și iadul smereniei, Editura Deisis, Sibiu, 2000, p.57