La forma del verdadero amor

 

“¡Si al menos yo tuviera ese mismo amor por mi Dios, por mi Cristo, por la Santísima Virgen, por nuestros santos…!”

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

El alma del cristiano debe ser delicada y sensible. Debe “volar” silenciosamente a lo infinito, a las estrellas, a la inmensidad de Dios.

Quien quiera ser cristiano, debe antes hacerse poeta. ¡No hay otra manera! Debe dolerte. Debes amar y que te duela. Debe dolerte por aquel a quien amas. El amor sufre por el ser amado. Corre toda la noche, vela, sin importarle que sus pies sangren, porque lo que necesita es encontrarse con aquel a quien ama. Se sacrifica, no le importa nada más, ni las amenazas, ni las dificultades. Porque ama. El amor por Cristo es otra cosa, algo muchísimo más excelso.

Y cuando decimos “amor”, no nos referimos a las virtudes que alcanzaremos, sino a un corazón amoroso hacia Cristo y hacia los demás. Intentemos volver a esto. Todos hemos visto alguna vez a una madre con su pequeño hijo en brazos. ¿Hemos notado cómo se ilumina su rostro mientras habla y juega con él? El hombre de Dios es capaz de percibir todo esto, y, lleno de admiración, exclamar: “¡Si al menos yo tuviera ese mismo amor por mi Dios, por mi Cristo, por la Santísima Virgen, por nuestros santos…!”.

Sí, así es como debemos amar a Cristo, a Dios. Este amor se anhela, se busca y se adquiere por medio de la Gracia Divina.

(Traducido de: Ne vorbește părintele Porfirie – Viața și cuvintele, traducere din limba greacă de Ieromonah Evloghie Munteanu, Editura Egumenița, 2003, pp. 183-184)