Palabras de espiritualidad

La importancia de lo sucedido en el Pentecostés

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

Cuando hablamos de la Iglesia, nos referimos a una realidad escatológica: una Pentecostés permanente.

Los profetas inspirados por Dios anunciaron, incluso a riesgo de sus propias vidas, la conversión de las naciones al Dios verdadero. Estas naciones llegarían a formar “un pueblo nuevo” en la Jerusalén restaurada, la Ciudad de Dios. “Sucederá en los últimos días que el monte de la Casa del Señor será establecido sobre la cumbre de los montes y se alzará por encima de las colinas; hacia él acudirán todas las naciones” (Isaías 2, 2). Entonces todos los pueblos se reunirán en torno a Dios Rey. Sión será llamada “madre”, y todos cantarán a una sola voz un cántico nuevo al Dios Salvador.

Los clamores proféticos y la espera de la venida del Mesías encontrarán su cumplimiento en la era mesiánica de la nueva Jerusalén.

Esta expectativa estaba ligada a la visión de la restauración del pueblo de Israel, especialmente después del cautiverio en Babilonia. Muchos esperaban que la era mesiánica trajera ante todo una restauración social y política del afligido Israel, o bien una transformación del mundo hacia un nivel de existencia diferente y más espiritual. Tanto los judíos de entonces como muchos cristianos aún hoy tienden a comprender al Mesías en términos mundanos, esperándolo como quien pueda resolver todos los problemas de este mundo. Esta confusión en las expectativas y esperanzas del pueblo hebreo contribuyó también a que el Señor fuera llevado a la cruz.

Sin embargo, el Mesías —Él mismo Rey, el Nuevo David y, al mismo tiempo, el Reino esperado— vino y estableció Su Reino: la Iglesia, renovada por la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés. Las lenguas de fuego que descendieron “sobre cada uno de los apóstoles” (Hechos 2, 3) restauraron la unidad de la humanidad, quebrantada en la construcción de la Torre de Babel. Así, la humanidad fue renovada en el Espíritu Santo como una unidad de pensamiento, una armonía y una nueva realidad escatológica.

Entonces “nació la Iglesia, el nuevo Israel de Dios, linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios” (I Pedro 2, 9), es decir, un pueblo consagrado enteramente a Él.

Pero el acontecimiento de Pentecostés no pertenece únicamente a un momento del pasado ni está limitado por el tiempo. Es una experiencia escatológica que el creyente vive cada día en la Iglesia, participando de la vida de Cristo. Por eso, cuando hablamos de la Iglesia, nos referimos a una realidad escatológica: una Pentecostés permanente.

(Traducido de: Arhimandritul Emilianos Simonopteritul, Despre viață. Cuvânt despre nădejde, Indiktos, Athena, 2005)


 

Leer otros artículos sobre el tema: