La lucha que no cesa
Mientras habitaba en aquel lugar, después de tres o cuatro meses, oyó ruidos que venían de fuera, en la noche, de alguien que tocaba un tambor hecho de piel de buey.
Un tal Natanael vivía en las montañas de Nitria. Y era tanta la paciencia con la que permanecía en su celda, que jamás se movió del lugar que había establecido en su corazón, precisamente porque antes había sido burlado por el demonio. Pues, estando él tiempo atrás sentado en su celda, se sintió presa de la tristeza (acedía); y, marchándose de allí, edificó otra celda, mucha más próxima a la aldea. Y mientras habitaba en aquel lugar, después de tres o cuatro meses, oyó ruidos que venían de fuera, en la noche, de alguien que tocaba un tambor hecho de piel de buey. Entonces, al salir a ver quién hacía aquel ruido, vio a un hombre con aspecto de soldado harapiento. Y como hacía gran alboroto, el bienaventurado Natanael, armándose de valor, le dijo: «¿Quién eres tú, que haces tales cosas en mi celda?». Y él respondió: «Yo soy el que te echó de tu celda anterior, y ahora he venido a echarte también de esta».
Entonces, dándose cuenta de que el demonio nuevamente quería burlarse de él, Natanael volvió a su primera celda; y cumpliendo en ella treinta y siete años, no traspasó sus límites, resistiendo así al demonio, que le mostró innumerables cosas para forzarlo a salir de la celda —tantas que no pueden contarse—; pero él permaneció en ella hasta el fin, y en ella durmió en brazos del Señor.
(Traducido de: Everghetinosul, traducere de Ștefan Voronca, Editura Egumenița, Galați, 2009, p. 203)
