La mayor felicidad que podemos ofrecer a nuestros difuntos
“¡Ven, quiero decirte algo! He recibido todas las cartas que me has enviado y te doy las gracias, porque me has ayudado muchísimo”.
Una anciana de la localidad de Mâneciu, en el distrito de Prahova, perdió a su cuñada. Sin embargo, ella acostumbraba encargar liturgias y parastas (oficios de conmemoración por los difuntos) en iglesias y monasterios por el alma de la fallecida.
Una noche, después de escribir en un papel la intención por el alma de su cuñada, para llevársela al día siguiente al sacerdote, se tendió a dormir y soñó que entraba en la iglesia para asistir a la Divina Liturgia. Entonces, en la puerta lateral del Santo Altar, vio a su cuñada, que le hacía señas con la mano y le decía:
—¡Ven, quiero decirte algo! He recibido todas las cartas que me has enviado y te doy las gracias, porque me has ayudado muchísimo.
Al despertar, la anciana comprendió cuán necesarias son las oraciones por los difuntos.
Otro testimonio semejante
Un cristiano piadoso de Bucarest nos relata el siguiente hecho:
«Tenía dos buenos amigos: uno era profesor y el otro trabajaba como funcionario en una embajada. En el transcurso de un año, ambos fallecieron: uno en un accidente aéreo y el otro, víctima de una enfermedad. Entonces me puse a pensar cómo podría ayudar mejor a mis amigos, que ya habían partido de entre nosotros.
Así que pagué por ambos 40 sărindare (series de cuarenta oficios de conmemoración por los difuntos) en la iglesia. Quién sabe si alguien más los habría recordado en sus oraciones. Al menos, de esta manera, podía ayudarlos yo también.
Una vez que se hubieron celebrado los 40 oficios, soñé con los dos la misma noche. Al verme, me saludaron, agitando la mano en señal de agradecimiento; después, cada uno me dio un abrazo y un beso en la mejilla y así se marcharon».
(Traducido de: Arhimandritul Ioanichie Bălan, Istorioare duhovnicești, Sfânta Mănăstire Sihăstria, 2002, pp. 100-101)
