La paz que debe estar en el centro de nuestras plegarias
Por medio de la paz el alma vive y experimenta ya desde esta vida el Reino de los Cielos, por el cual siempre suspira.
A lo largo de toda la Divina Liturgia escuchamos constantemente la palabra “paz”: “En paz, oremos al Señor”, “Una y otra vez, en paz, oremos al Señor”, “Paz a todos”, etc. Y esto es normal, porque ya desde la bendición inicial de la Divina Liturgia se nos manifiesta que el Reino de los Cielos se ha acercado a nosotros; y sobre esto nos dice el Apóstol: “El Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom. 14, 17).
Así, la primera de las peticiones o exhortaciones que pronuncia el sacerdote o el diácono después de comenzar la Liturgia es: “En paz, oremos al Señor”. Sobre esto, Nicolás Cabasilas, en su explicación, dice que solo estando en paz con nosotros mismos, con Dios y, sobre todo, con el prójimo, nos podemos atrever a “orar al Señor”, tal como el mismo Señor nos enseña: “Por tanto, si traes tu ofrenda al altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; y entonces, vuelve y presenta tu ofrenda” (Mateo 5, 23–24). De este modo, estando en buena armonía con nuestros hermanos, le pedimos que nos conceda “la paz de lo alto”, y esto solo después de haber adquirido la paz que está en nuestras manos.
Esta paz no se refiere únicamente a una buena relación con los demás, sino también a la paz del corazón, porque “el hombre que ora sin paz en el alma no puede orar como conviene, ni obtiene ningún fruto de tal oración” (Nicolás Cabasilas, Explicación de la Divina Liturgia).
En realidad, esta petición encierra en sí muchas otras, porque teniendo paz lo tenemos todo: tenemos a Cristo, Qquien dio la paz al mundo mediante el sacrificio de la Cruz. Y, para explicarlo de forma más sencilla: por medio de la paz el alma vive y experimenta ya desde esta vida el Reino de los Cielos, por el cual siempre suspira.
