La puerta de la lengua

 

Es sencillo cuando se trata de un niño, porque no lucha buscando conseguir dinero o fama y su atención no está dirigida a una mujer, a sus hijos o tener una casa.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

El alma de tu hijo es una ciudadela en la que debes establecer normas. Posteriormente, deberás saber preservarlas, procurando que el niño no las rompa, porque es un sin sentido tener leyes si no se castiga al que las vulnera.

Entonces, insisto, fija esas normas y cuida que sean respetadas, porque nosotros los hombres somos los que hacemos las normas de este mundo e incluso, con esto, estamos construyendo una fortaleza.

Supongamos que las paredes y las puertas son los cuatro sentidos. El cuerpo entero, digamos, sería como un fuerte cuyas puertas son los ojos, la lengua, los oídos, el olfato y, si quieres, el tacto. Por estas puertas entran y salen sus inquilinos: los pensamientos. Éstos pueden ser útiles o vanos (...) ¡Procedamos! Visitemos, en primer lugar, la puerta de la lengua, que es la más importante. Pongámosle inmediatamente compuertas y cerrojos, pero no de madera ni de hierro, sino de oro. Esta puerta debe ser realmente de oro, porque en esta fortaleza no va a habitar una persona cualquiera, sino el rey de todos, si es que la construimos bien. Y, a medida que el niño aprenda a hablar, sabremos dónde asentar el palacio del rey.

Hagámosle, entonces, portones y cerrojos de oro: las palabras de Dios. Así lo dice el profeta:

“¡Qué dulces son en mi lengua Tus palabras, mucho más que la miel en mi boca!” (Salmo 118,103).

Enseñémosle al niño a tener estas palabras siempre en sus labios, aún en los momentos de juego y paseo, pero no para que las diga de vez en cuando, sino constantemente. Y esas compuertas no las recubramos sólo con una ligera capa de oro, sino que hagámoslas completamente de oro, macizas y pesadas, adornadas con piedras preciosas, no sólo en su superficie, sino incrustadas en el oro.

Como cerrojo debemos poner la cruz de Cristo, hecha enteramente con piedras preciosas y colocada justo en medio de las compuertas.

Después de hacer, así como dije antes, la puerta en oro, gruesa y resistente, y después de poner ese cerrojo de piedras preciosas, hagamos que los inquilinos de esa fortaleza sean dignos de semejante puerta. ¿Quiénes son tales inquilinos? Las palabras correctas y santas que debemos enseñarle al niño. Inmediatamente después, debemos ocuparnos en expulsar cualquier extraño corrupto, para que no pervierta a los habitantes de nuestra fortaleza. Saquemos, osea, todas las palabras dichas con ironía, en tono de burla o insulto, las palabras vanas, vergonzosas, mundanas. Luego, no dejemos que nadie entre por esta puerta, a excepción del rey. Que esa puerta se abra sólo para Él y Su séquito; que se diga:

“Esta es la puerta del Señor, sólo los justos entrarán por ella” (Salmo 1 17,20),

“Que de su boca no salga ninguna palabra mala, sino sólo la palabra que hacía falta y que es buena para quien la escucha” (Efesios 4,29).

Estas palabras del santo apóstol Pablo, son expresiones de agradecimiento a Dios; aún más, son cánticos santos. Enseñémosle a nuestros hijos a hablar sólo sobre Dios y sobre la sabiduría divina.

¿Cómo? Erigiéndonos en severos jueces de sus actos. Es sencillo cuando se trata de un niño, porque no lucha buscando conseguir dinero o fama y su atención no está dirigida a una mujer, a sus hijos o tener una casa. Entonces, ¿qué razones podría tener para decir cosas ofensivas o maldecir? Todo su esfuerzo se limita sólo a aquellos con quienes habla.

Dile que no insultar y no hablar mal de nadie es una norma, ordénale que no jure y que evite las disputas. Si ves que vulnera esta ley que le diste, castígalo, algunas veces con severidad, otras regañándolo con palabras, para que le duela haber infringido esa regla. Otras veces puedes ponerle alguna penitencia, hablándole con serenidad, convenciéndolo de que debe hacer lo que tú esperas.

(Traducido de: Sfântul Ioan Gură de Aur, Părinții și educarea copiilor, traducere de Ieromonahul Benedict Aghioritul, Editura Agapis, București, 2007, pp. 62-63)