La soledad de un santo
También la soledad pasa, como pasan los años, las penas y las alegrías. Solo permanece aquello que el alma ha adquirido en Dios y aquello que ha llevado consigo a la eternidad.
El monaquismo es la sustancia misma de la humanidad. El hombre, cuando nace, llora por temor a la soledad, y cuando muere se estremece por la misma razón.
Hay personas solas porque así lo han elegido; hay personas solas porque el mundo las ha hecho así; y hay personas solas porque siguen a Cristo. Y dijo Dios: “No es bueno que el hombre esté solo sobre la tierra; hagámosle una ayuda semejante a él” (Génesis 2, 18).
Para el hombre es bueno no estar solo; para Dios, es bueno que el hombre esté solo. Porque al confesionario y al Santo Cáliz nadie puede acercarse sino en la soledad de su propia humildad. Ser semejante a alguien significa encontrarse cara a cara con la propia imagen. En la soledad, el hombre busca su semejanza con Dios.
Hay quienes, aun viviendo acompañados, se dejan consumir por un terrible egoísmo; y hay quienes pasan toda su vida en soledad, amando a los demás. El hombre solitario no tiene quién lo consuele cuando le sobreviene una tristeza; no tiene quién lo cuide cuando enferma; en las tentaciones y las dudas no tiene quién lo aconseje; cuando tiene hambre, no hay quien lo alimente; cuando tiene sed, no hay quien le muestre la fuente.
Pero tanto para quien vive solo como para quien vive acompañado, los consuelos, las aflicciones, las enfermedades, las tentaciones, las dudas, los consejos, el alimento y la sed son realidades que llegan con el nacimiento y desaparecen con la muerte. Y tanto en uno como en otro momento, el hombre está solo, pues nada trae consigo al venir al mundo y nada se lleva al partir de él.
Entre el nacimiento y la muerte, los hombres cargan con su soledad: unos más cerca de Dios, otros más cerca de una esposa, de los hijos, de los amigos y de los demás vínculos humanos. Pero más allá de todo eso existe... algo distinto.
A nuestro venerable padre Onufrio el Grande, que murió hacia el año 400 y cuya memoria se celebra el 12 de junio, la soledad le preparó el alma para recibir los dones más preciosos del Espíritu Santo: la paz del corazón y aquellas alegrías provenientes de la alegría celestial.
Durante sesenta años combatió el pecado en el desierto, sin ver rostro humano alguno, pero elevando ardientes oraciones por la Iglesia y por las tribulaciones de los hombres del mundo. Constantemente meditaba sobre una sentencia de San Antonio el Grande: “El infierno existe verdaderamente, pero solo para mí”.
Se alimentaba de los frutos de una higuera que él mismo cuidaba junto a su pequeña cabaña, y bebía agua de un manantial que había excavado con sus propias manos al pie de una roca.
Cuando San Onufrio murió, inmediatamente la choza que le había dado cobijo se derrumbó; la higuera que lo había alimentado se secó; y el manantial que había cavado se agotó.
Nada permanece en esta tierra. Nada. Ni siquiera la soledad de San Onufrio. Porque también la soledad pasa, como pasan los años, las penas y las alegrías. Solo permanece aquello que el alma ha adquirido en Dios y aquello que ha llevado consigo a la eternidad.
(Traducido de: Preotul Sever Negrescu, Prolog din proloage. Lecturi patristice dintr-un calendar uitat, Editura Doxologia, Iași, 2011, pp.116-117)
