Palabras de espiritualidad

La verdadera transfiguración

  • Foto: Silviu Cluci

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Cada uno de nosotros posee una determinada medida espiritual, y el crecimiento de esa medida constituye el verdadero sentido de la vida cristiana.

Uno de los himnos del oficio de la Antefiesta de la Transfiguración dice así: Teniendo como monte alto el corazón purificado de las pasiones, contemplemos la Transfiguración de Cristo, que ilumina nuestra mente”. Observemos bien: “Teniendo como monte alto el corazón purificado de las pasiones”. Esto significa que nuestro Señor Jesucristo no se transfiguró una sola vez en el Monte Tabor. Aquella fue la Transfiguración acontecida en la historia, pero Su transfiguración se realiza también en toda alma que tiene el corazón como un “monte alto”. Un corazón purificado de las pasiones es como un monte elevado, donde nuestro Señor Jesucristo se manifiesta de un modo distinto de como lo vieron quienes no tenían el corazón libre de pasiones.

“Teniendo como monte alto el corazón purificado de las pasiones”, contemplemos la Transfiguración de Cristo realizada en nosotros, en nuestro corazón, en nuestra conciencia, en lo más profundo de nuestro ser; contemplemos la Transfiguración de nuestro Señor Jesucristo, que ilumina nuestra mente. Así, nuestro mundo interior es iluminado por la presencia de nuestro Señor Jesucristo en la medida en que nuestro corazón ha sido purificado de toda pasión.

Es importante saber también que no hubo una sola Transfiguración, ni siquiera durante el tiempo en que el Señor Jesucristo estuvo en la tierra. Además de la Transfiguración en el Monte Tabor, hubo también una transfiguración en la Resurrección del Señor. El día de la Resurrección fue un día de luz, un día en que los hombres comprendieron a nuestro Señor de un modo diferente al que lo habían comprendido antes de Su Resurrección. La Ascensión del Señor a los cielos fue también una especie de transfiguración, y nuevamente los discípulos lo vieron de una manera distinta que antes de la Ascensión: lo contemplaron en la luz de Su Ascensión y de Su gloria.

Del mismo modo, existe también una transfiguración en nuestra propia conciencia: a medida que avanzamos en la purificación del alma, avanzamos también en el conocimiento de la grandeza de Dios.

En la fiesta de la Transfiguración se canta: “Te transfiguraste en el monte, mostrando a Tus discípulos Tu gloria, en la medida en que podían contemplarla”. Esto significa que los discípulos no vieron la gloria del Señor tal como realmente es. Y no podían verla, porque Su gloria es infinita, inmensa tanto en amplitud como en profundidad. Nosotros estamos ante Cristo como estamos ante la luz: la luz nos envuelve, pero no podemos conocer su esencia. Los hombres hablan de la luz y dicen que es el resultado de determinados fenómenos, pero nadie conoce la esencia de la luz. Lo mismo sucede con la gloria del Señor. La gloria del Señor es mucho mayor que lo que el hombre puede comprender, mucho más grande que lo que puede abarcar.

Cada uno de nosotros, así como alcanza a percibir algo de la luz, tanto en su profundidad como en su amplitud, así también alcanza a participar, según su capacidad, de la Transfiguración y de la gloria del Señor. Los discípulos comprendieron cuanto les fue posible comprender. Cada uno de nosotros posee una determinada medida espiritual, y el crecimiento de esa medida constituye el verdadero sentido de la vida cristiana.

(Traducido de: Arhimandritul Teofil Părăian, Punctele cardinale ale Ortodoxiei, Editura Lumea credinței, p. 174-175)