La vida del niño en la gracia

 

No sólo es necesario que los padres amen a su hijo, sino que también deben darse cuenta que su pequeño es un regalo de Dios. Asimismo, deben siempre tener la esperanza que Aquel quien les confió tal don, les dará también las fuerzas para saber cuidarlo y orar incesantemente por él.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

Una forma eficiente de la benéfica influencia sobre el alma del niño, es llevarlo a comulgar lo más seguido posible; muchos han observado los frutos de la comunión, que a menudo toman forma de milagros.

Es importante llevar con frecuencia los niños a la Iglesia, para que se acostumbren a besar la Cruz, el Evangelio y los íconos; en casa deberán aprender a inclinarse frente a los íconos y a persignarse (así como a hacer la Señal de la Cruz sobre su camita, sus alimentos y todo lo que toquen). En casa también debe rociarse frecuentemente con agua bendita (aghiasma) y encender incienso; lo ideal es que el sacerdote venga continuamente a bendecir cada rincón del hogar. Es bueno también traer a casa algún ícono de la Iglesia y que se oficie alguna ceremonia. “En general, todo lo relacionado a la Iglesia enciende y alimenta, prodigiosamente, la vida en gracia del niño, construyendo en él un muro secreto e invulnerable, que le protege de todas las tentaciones de las fuerzas del maligno...”

Los padres pueden actuar en el niño, con amor, desde la edad en que éste aún no ha sido influenciado por las fuerzas exteriores. No sólo es necesario que los padres amen a su hijo, sino que también deben darse cuenta que su pequeño es un regalo de Dios. Asimismo, deben siempre tener la esperanza que Aquel quien les confió tal don, les dará también las fuerzas para saber cuidarlo y orar incesantemente por él.

A medida que el niño crece, apareceren en él algunos impulsos hacia el pecado, inicialmente de modo inconsciente. Pero si no son tratados a tiempo, se pueden transformar en hábitos.

De igual manera, desde los primeros años de vida pueden aparecer caprichos, celos, enojo, pereza, envidia, desobediencia y terquedad; algunas veces también aparecen rasgos de artería y mentira.

A los cinco años se modela el carácter del niño, que se desarrolla con la edad, junto a los defectos y virtudes. Es necesario tener mucha paciencia en esta lucha, para que esas desviaciones no se vuelvan hábitos.

(Traducido de: Gleb Kaleda, Biserica din casă, traducere de Lucia Ciornea, Editura Sophia, București, 2006, p. 277)

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