La virtud es posible aun en este mundo

 

El hombre no tiene sentido en sí mismo, sino afuera de sí mismo, en el otro, y, finalmente, en Dios.

¿Es posible renunciar a uno mismo en este mundo tan lleno de agitación, tan dinámico, con tantas responsabilidades, preocupaciones y presiones viniendo desde todos lados? ¿Es posible? ¿Qué podemos hacer?

No sólo es posible, sino que también es el único camino que nos lleva a la plenitud, a la verdadera felicidad. En mi vida de familia, con esposa, con hijos, con vecinos, como miembro de una parroquia, como empleado, si no tengo la capacidad de negarme a mí mismo, es decir, si no puedo renunciar a la percepción y a mis intereses egoístas de cada momento, a mi propia razón —a corto o a largo plazo—, y a mi propio placer en favor de mi semejante, no viviré la experiencia del camino de la cruz ni la de la realización existencial a la cual nos conduce el mismo camino de la cruz. Y, atención, que no estoy hablando de la medida de esa realización, sino de las posibilidades de cada quien.

La perspectiva del Evangelio, recapitulada en el camino de la cruz, viene en tensión con el camino del mundo, que es la perspectiva del gozo meramente terrenal y del placer mundano, es decir, de la alegría y el placer para uno mismo. Las palabras son hermosas, pero solamente la experiencia nos demuestra si un camino es o no válido. Estamos obligados, al menos, a intentar el camino de la cruz, el de la renuncia a uno mismo. No es necesario intentar la otra senda, porque nos movemos en ella desde que nacemos. La conocemos, y conocemos también sus efectos. Tomemos el yugo de Cristo, al menos por un tiempo; renunciemos a nuestras propias ambiciones, proyectos, placeres y alegrías, en favor de nuestro hermano. El hombre no tiene sentido en sí mismo, sino afuera de sí mismo, en el otro, y, finalmente, en Dios. El mundo y la humanidad no tienen sentido en sí mismos, sino afuera de sí mismos. Y ese “afuera” es Dios, el Creador, el Omnisciente, el Salvador, el Redentor.  ¡Hagamos lo posible por trasladar el centro de nuestras preocupaciones, de nosotros mismos hacia Dios, y veremos lo que sucederá! Al menos como un ejercicio. ¡Si podemos, dirijámonos con la mente y el corazón hacia Dios, como si fuera otra persona!

(Traducido de: Pr. prof. dr. Constantin Coman, Dreptatea lui Dumnezeu și dreptatea oamenilor, Editura Bizantină, pp. 279-280)