Palabras de espiritualidad

Las plegarias de una madre

  • Foto: Stefan Cojocariu

    Foto: Stefan Cojocariu

“Todo lo que dé a luz, sea varón o mujer, lo consagraré a Tu Santidad con todo mi corazón, entregándolo a Tu Iglesia para que Te sirva allí por siempre”.

Retirándose a un lugar apartado, Santa Ana oró a Dios con lamentos y ardientes lágrimas, pronunciando las siguientes palabras: 

«Señor Dios, Todopoderoso, Tú que con solo Tu palabra hiciste el cielo y la tierra con todo cuanto hay en ellos; Dios, Tú que dijiste a Tus criaturas que crecieran y se multiplicaran; Tú que bendijiste a Sara, esposa de Abraham, y en su vejez dio a luz a Isaac, y concediste a Ana, que era estéril, al profeta Samuel y otros hijos, concédeme también a mí el fruto de mi vientre, y no permitas que permanezca para siempre como objeto de afrenta y desprecio ante los hombres. Señor de los Ejércitos, Tú que conoces el dolor de mi esterilidad, alivia el sufrimiento de mi corazón, abre mi vientre y, con Tu omnipotencia, haz fecunda a la que no da fruto... Y todo lo que dé a luz, sea varón o mujer, lo consagraré a Tu Santidad con todo mi corazón, entregándolo a Tu Iglesia para que Te sirva allí por siempre».

Después de pronunciar estas palabras y muchas otras con gran aflicción, a la justa Ana se le apareció un ángel del Señor y le dijo:

«¡Ana, Ana! Tu oración ha sido escuchada. Tus suspiros han atravesado las nubes y las escaleras de los Cielos, y tus fervientes lágrimas han llegado ante Dios. He aquí que concebirás y darás a luz una hija, que será conocida como Muy Bendita. Por ella serán benditas todas las generaciones de la tierra y por medio de ella será concedida la salvación al mundo. El nombre de esta hija que concebirás y darás a luz será María».

(Traducido de: Protosinghelul Nicodim MăndițăMinunile Maicii Domnului, Editura Agapis, 2001, p. 31)

Leer otros artículos sobre el tema: