Lo grave de inducir a otros a pecar

 

Hay dos pecados muy graves ante Dios, aunque el hombre los crea insignificantes: condenar a nuestros semejantes, e inducirlos al pecado.

“Es imposible que no haya tentaciones… ¡Pero ay de aquel que las provoque!”. Esto significa que no podemos vivir como se nos apetezca: tenemos que estar siempre atentos a no inducir a otros al pecado. El problema es que la razón se ensoberbece y no le interesa lo que pase con los demás, aunque a su aldededor vaya incitando al pecado, no solo con sus hechos, sino especialmente por medio de las palabras. La tentación estimula y agrava la desgracia que espera a quien la provoca, aunque este no se dé cuenta de ello y la siga suscitando aun en mayor medida.

Con todo, es bueno recordar que la amenaza de Dios contra aquellos que inducen a pecar no se materializa, en general, aquí en la tierra, porque Él siempre espera la redención del pecador. Luego, la realización (de dicha advertencia) queda pospuesta hasta el momento del juicio y la recompensa. Solo entonces el hombre que induce a otros a pecar se dará cuenta de la gravedad de su pecado. Y es que, en la mayoría de casos, nadie se detiene a pensar si lo que hace y dice terminará alentando a otros a pecar.

Hay dos pecados muy graves ante Dios, aunque el hombre los crea insignificantes: condenar a nuestros semejantes, e inducirlos al pecado. Como dijo el Señor, aquel que lleve a sus semejantes a pecar tendría que dejar de existir. En el caso de los que condenan a otros, ellos mismos se están sentenciando. Pero ni el que juzga y condena a su prójimo, ni el que lo incita a cometer pecado piensan en estas cosas, y son incapaces de reconocer alguna culpabilidad. ¡Qué ciegos estamos y con cuánta indiferencia nos movemos entre las tinieblas de la muerte!

(Traducido de: Sfântul Teofan ZăvorâtulTâlcuiri din Sfânta Scriptură pentru fiecare zi din an, Editura Sophia, București, pp. 219-220)