Lo que hay que hacer para poder estar con Dios
Amemos mucho al ángel custodio de nuestra alma, para que nos proteja de la envidia y de las asechanzas del maligno.
La lucha espiritual es profunda y elevada. Es difícil, pero también está llena de la Gracia Divina. Quien se esfuerce en ella verá a Dios en su alma. Verá las grandezas de Dios y dirá: “¿A mí has venido, Cristo mío? ¿A mí, que soy un vaso impuro, has venido a habitar? ¿A mi corazón manchado? ¿Dónde está mi atavío? ¿Dónde está mi esfuerzo por embellecer mi alma para que vengas y hagas en ella tu morada?”.
Por eso, si queremos comulgar con frecuencia, preparemos el trono, es decir, nuestra alma, para que Cristo venga y se siente en ella. Y cuidemos nuestra vida hasta en los más pequeños detalles, siguiendo con gran atención el Divino Misterio. El Divino Misterio no tiene precio; nada puede compararse con él. ¡Cuántos milagros realiza!
Tengamos amor a Dios, amor a nuestro hermano y amor a todo el mundo. ¿Han oído lo que decía la madre Agapia? “¡Que Dios salve a todos, absolutamente a todos!”. Dios le había concedido un gran amor.
Que Dios nos cubra con Su protección, tenga misericordia de nosotros y nos conceda el arrepentimiento. Según sea nuestra labor espiritual y la obediencia que practiquemos, así también recibiremos nuestra recompensa. Cristo recompensa generosamente y no es injusto con nadie.
¿Qué pasará si sabemos cuidar nuestra mente? Él nos recompensará. ¿Y nuestro corazón? Él nos recompensará. ¿Y nuestra lengua? Él nos recompensará. Todo lo que hagan nuestros pies, nuestras manos, nuestra mente, nuestros oídos y nuestros ojos, por todo ello Dios nos dará Su recompensa.
Si cuidamos nuestros cinco sentidos, Cristo tendrá misericordia de nosotros y nos llenará de Su gracia. Tenemos que luchar contra una fiera indomable, ante la cual incluso los santos temblaron. ¿Y qué somos nosotros? Nada hacemos por nosotros mismos. Por eso es que debemos esforzarnos.
Por un lado, tenemos a nuestro ángel, a quien debemos cuidar de no entristecer; por otro, el maligno nos impulsa a la ira, a la mentira y a la rebeldía. Lo que tenemos que hacer es despreciar los murmullos del demonio y decir: “Si hago esto, entristeceré a mi ángel”.
Amemos mucho al ángel custodio de nuestra alma, para que nos proteja de la envidia y de las asechanzas del maligno.
(Traducido de: Stareța Macrina Vassopoulos, Cuvinte din inimă, Editura Evanghelismos, pp. 167)
