Mi alma suspira por el Señor

 

Cuando amas a Cristo, te esfuerzas, pero es un esfuerzo bendecido. Sufres, pero con alegría. Haces postraciones, oras, porque sientes un anhelo, una añoranza divina.

Estemos atentos a esto que dice San Ignacio Brianchianinov: “Todo trabajo físico y espiritual que no conlleva el dolor o el sacrificio, no puede dar frutos, porque el Reino de los Cielos es algo que se toma a la fuerza, y quienes se afanan con denuedo son los que llegan a él, entendiendo por ese esfuerzo el trabajo físico que llega hasta el dolor”. Cuando amas a Cristo, te esfuerzas, pero es un esfuerzo bendecido. Sufres, pero con alegría. Haces postraciones, oras, porque sientes un anhelo, una añoranza divina. Tanto el dolor, como la añoranza, el amor, la alegría, las postraciones, las vigilias y el ayuno son sacrificios que hacemos por Aquel a quien amamos. Hacemos todo eso, para vivir a Cristo. Pero ninguno de esos esfuerzos se hace por necesidad: nadie nos obliga a realizarlos.

Todo lo que se hace a la fuerza genera un perjuicio muy grande para tu ser y también para tus acciones. La coerción siempre causa oposición. El esfuerzo que hacemos por Cristo, es justamente porque lo amamos. Esta es la razón de nuestros sacrificios. Esto lo sentía también David: “Mi alma suspira y hasta languidece por los atrios del Señor” (Salmos 83, 2).

(Traducido de: Ne vorbește Părintele Porfirie, Editura Bunavestire, p. 183)