No basta con imitar a Cristo, hay que seguirle en Su Iglesia
La semejanza con Cristo no se lleva a cabo por medios naturales de imitación, sino por la Gracia del Espíritu Santo, que se derrama sobre los fieles mediante los Sacramentos de la Iglesia.
La más celosa confesión de fe desde siempre ha sido la de los mártires de nuestra Iglesia. Sin embargo, es especialmente característica el testimonio de fe de los nuevos mártires del período de la turcocracia. Muchos de estos benditos de Dios, capturados por las hordas tiránicas de los invasores durante las diversas incursiones que hacía para raptar niños, eran obligados a adoptar la religión musulmana a una edad muy temprana, y no tenían conciencia de haber traicionado su fe, precisamente por su tierna edad. Pero cuando, al crecer, se les hacía consciente esta realidad, se arrepentían y regresaban contritos a su fe cristiana, y muchos de ellos buscaban refugio en la vida monástica. Con todo, el aguijón de la conciencia confesora no callaba para ellos ni siquiera después de esta dura penitencia, de modo que encontramos a muchos entregándose voluntariamente a los tiranos, denunciando la injusticia cometida contra ellos y lavando, mediante terribles tormentos y diversas formas de martirio, su primera negación, aunque esta hubiese sido involuntaria.
El camino hacia el martirio y, en general, la disposición para dar testimonio de la fe cristiana no se manifiesta solo en los días de persecución en el corazón ardiente de los creyentes, sino también después de que se haya calmado la tormenta de las diversas persecuciones. Ellos idearon modos y medios de una crucifixión voluntaria, sometiéndose a diversas ascesis de privaciones y luchas que, aunque parecían dirigidas a combatir la maldad generalizada y a la obtención de las virtudes, tenían como fin absoluto el celo lleno de amor divino por Cristo, Aquel que nos amó primero. Quienes por el bautismo se han revestido de Cristo por la Gracia, han penetrado conscientemente en el sentido de Su muerte y, después, de Su Resurrección, donde tiene lugar, como consecuencia, la ruptura de su relación con el pecado y así se realiza el anhelado seguimiento del modelo que es Cristo.
Sin embargo, la semejanza con Cristo no se lleva a cabo por medios naturales de imitación, sino por la Gracia del Espíritu Santo, que se derrama sobre los fieles mediante los Sacramentos de la Iglesia. La simple imitación de las costumbres cristianas por parte de los creyentes manifiesta su recta intención de elegir la vida virtuosa frente a la maldad de una vida de pecado. Pero ellos reciben su plena transfiguración y avanzan hacia la medida de la estatura de la plenitud de Cristo, y el paso de la muerte a la vida, mediante la participación en las energías divinas a las que acceden por los Misterios divinos.
(Traducido de: Iosif Vatopedinul, Cuvinte de mângâiere, traducere de Laura Enache, în curs de publicare la Editura Doxologia)
