¡No nos permitamos alejarnos de Dios!
No le concedamos ninguna prerrogativa al demonio. Es decir, no permitamos que permanezca en nosotros ningún pensamiento de resentimiento, ningún pensamiento egoísta, para que el maligno no encuentre ninguna ventana por donde entrar.
Volvamos a Cristo, corramos a Cristo, esforcémonos por conocer a Cristo, por amar a Cristo, por sentir a Cristo. Y, en ese esfuerzo, si nuestra disposición es pura, transparente y sincera, la Gracia abrirá nuestra alma y le dirá: “Despiértate, tú que duermes, y Cristo te iluminará” (Efesios 5, 14).
Allí, en la luz divina, viviremos para siempre, mientras nuestra alma ame a Dios con fervor. Entonces, por la Gracia de Cristo, todas las palabras de Cristo se revelan verdaderas: “Porque Mi yugo es suave y Mcarga es ligera” (Mateo 11, 30).
Y una cosa más: no le concedamos ninguna prerrogativa al demonio. Es decir, no permitamos que permanezca en nosotros ningún pensamiento de resentimiento, ningún pensamiento egoísta, para que el maligno no encuentre ninguna ventana por donde entrar. Esa “ventana” es precisamente el derecho que le concedemos. Cuando uno se aleja de Dios, se expone al peligro, porque Satanás lo encuentra “desnudo” y se adueña de él.
Escúchenme también a mí, pues tengo un poco de experiencia en estas cosas.
(Traducido de: Ne vorbeşte părintele Porfirie – Viaţa şi cuvintele, Traducere din limba greacă de Ieromonah Evloghie Munteanu, Editura Egumeniţa, 2003, pp. 255-256)
