Nuestra responsabilidad hacia quienes parten de este mundo
“Te perdono, te libero, te devuelvo la libertad. Me presentaré ante Dios dando testimonio de tu perdón, para que nada de lo que haya sucedido entre nosotros se interponga en tu camino hacia la plenitud y la dicha eternas”
Si en el oficio de conmemoración de los difuntos (parastás) concentramos nuestra atención en el alma del que ha fallecido, durante los responsos nuestra atención se dirige también hacia la partida del alma. Según la tradición ortodoxa, durante los tres primeros días después de la muerte de una persona, el alma permanece cerca de la tierra y visita los lugares que le son familiares, recordando todo lo que la tierra ha significado para ella, todo lo que ha vivido en este mundo. De este modo, cuando el alma abandone este mundo y se presente ante Dios, tendrá plena posesión de sus recuerdos.
Por eso prestamos una atención especial a estos tres días. Se hacen oraciones y conmemoraciones, y nuestro pensamiento permanece centrado en todos los aspectos de nuestra relación con quien ha partido de entre nosotros. También nosotros tenemos una tarea que cumplir. Nosotros también debemos desatar los nudos que hay en lo más profundo de nuestra alma, para ser capaces de decirle a quien ha partido, desde lo más hondo del corazón y con todo nuestro ser: “Perdóname”; y también: “Te perdono, vete en paz”.
Quizá aquí encontremos el sentido de aquel antiguo proverbio que dice que no deberíamos hablar mal de quienes han partido de entre nosotros. Si de verdad, con toda sinceridad, le hemos dicho a la persona que ha dejado esta vida: “Te perdono, te libero, te devuelvo la libertad. Me presentaré ante Dios dando testimonio de tu perdón, para que nada de lo que haya sucedido entre nosotros se interponga en tu camino hacia la plenitud y la dicha eternas”, ¿cómo podríamos entonces volver atrás y despertar de nuevo recuerdos desagradables y amargos?
Esto no significa que cerremos los ojos ante la realidad, pues, si verdaderamente hubo algo malo en la vida del difunto, si realmente existieron tensiones entre él y nosotros, entonces, con mayor razón, debemos pedirle a Dios que nos libere a ambos —tanto a nosotros como al que ha fallecido—, para que seamos capaces de escuchar las palabras de perdón: “Vete en paz”, pero también de pronunciarlas con un espíritu de comprensión cada vez más profunda y con una conciencia cada vez más plena de nuestra libertad.
(Traducido de: Mitropolitul Antonie al Surojului, Viața, boala, moartea, Editura Sfântul Siluan, 2010, pp. 131-133)
