Orar con la mente dirigida a Dios

 

Presentémonos con devoción ante el Crucificado, diciendo: “¡Señor Jesucristo, ten piedad de mí!”. Cuando la mente del hombre se mueve a la oración, en un instante viene la Gracia de Dios.

El hombre busca en los Cielos la alegría, la felicidad. Busca la eternidad, lejos de todo y todos:  busca encontrar el gozo de Dios. Dios es misterio. Es silencio, es infinito, es todo. Esa búsqueda del Cielo es algo común a todo el mundo: todos buscan algo celestial. Es a Él que vuelven todos los seres, aun inconscientemente.

A Él volvamos nuestra mente todo el tiempo. Amemos la oración, el diálogo con el Señor. El amor es todo, el amor del Señor, de Cristo el Esposo. Para no vivir en la oscuridad, hagamos uso del “interruptor” de la oración, de manera que la luz divina pueda venir a nuestra alma. Y en lo profundo de nuestro ser se nos revelará Cristo. Allí, en lo profundo, está el Reino de Dios (Lucas 17, 21).

La oración se hace únicamente por medio del Espíritu Santo. Este le enseña al alma a orar.     “No sabemos cómo pedir ni qué pedir, pero el Espíritu lo pide por nosotros, sin palabras, como con gemidos inefables” (Romanos 8, 26). Nosotros no tenemos que hacer algún esfuerzo especial. Solamente dirigirnos a Dios con palabras de siervos humildes, en un tono de plegaria. Entonces nuestra oración será agradable a Él. Presentémonos con devoción ante el Crucificado, diciendo: “¡Señor Jesucristo, ten piedad de mí!”. Cuando la mente del hombre se mueve a la oración, en un instante viene la Gracia de Dios. Y es entonces cuando el hombre se llena de Gracia y puede ver todo, pero con otros ojos. Todo se resume en amar a Cristo, en amar la oración, en amar Su doctrina. Tomemos un millón y cortémoslo en un millón de pedacitos. Como cada uno de esos pedacitos es el esfuerzo del hombre.

(Traducido de: Ne vorbeşte părintele Porfirie – Viaţa şi cuvintele, traducere din limba greacă de Ieromonah Evloghie Munteanu, Editura Egumeniţa, 2003,  pp. 193-194)