Palabras de riqueza espiritual
“Necesito que me perdones, no puedo hacerlo”, le dice a Cristo. Y Él le responde: “No importa, no te aflijas”.
Apotegmas de San Paisos el Hagiorita
Seguramente ya me habría vuelto loco, si no enfrentara todo lo que veo y escucho, sabiendo que la última palabra en todo la tiene Dios.
El cimiento de la vida espiritual son los buenos pensamientos.
En la skete rumana del Santo Monte Athos había un monje muy obediente. Simplemente, no sabía decir “no”. Cualquiera que necesitaba algo, lo llamaba a él. Un día, después de una jornada llena de tareas y actividades —precisamente por no poder decirle “no” a los demás—, se sentó afuera de la iglesia, completamente extenuado. Y hasta ahí llegó. Allí se terminó todo. Cuando los padres lo encontraron muerto, comenzaron a decir: “¡Pero si hace diez minutos estaba trabajando para mí en el huerto!”, “¡Yo hace apenas una hora le pedí que me ayudara con la pesca!”. Otro dijo que lo había tenido trabajando en el horno, y otros en distintos lugares. Entonces comprendieron por qué había muerto. Y, por supuesto, aquel monje se fue al Cielo. Pero, ¿cómo rendirán cuentas ante Dios, los responsables del monasterio?
Un día, fui a visitar a un monje que era vecino mío. No lo había visto antes. Era un monje muy devoto y laborioso. Me dijo: “Soy anciano, mañana mismo moriré y no he hecho nada en mi vida. Todos los hombres hacen algo en su vida. Cuando se presenten ante Dios, tendrán algo que mostrar. Pero yo no tengo nada”. Mientras decía esto, las lágrimas le corrían de los ojos. “¡Eh! Hagamos lo que hagamos, todos llegamos a la misma conclusión. Por mucho que nos esforcemos, a esta conclusión debemos llegar todos, que somos nada. ¿De qué te sirve todo lo demás?”, le dije yo. Y eso que era un buen monje.
¿Cómo podremos enseñarles a los monjes a desprenderse de las cosas del mundo, si nosotros mismos no podemos romper todo vínculo con nuestros parientes? ¿Solo con palabras?
Los que progresan espiritualmente, lo hacen cuando renuncian a su propia voluntad.
El castigo verdadero es estar lejos de Dios. Para un niño pequeño, el peor castigo es estar lejos de su madre.
Los monjes de la antigüedad cultivaban la sencillez. Los monjes de hoy piensan solamente con lógica y han dejado de creer en los milagros.
La mayoría de personas están tan absorbidas por las cosas terrenales, que no sienten en absoluto el amor de Dios.
Debemos saber reconocer nuestra debilidad ¿Por qué? Porque dicha actitud es lo equivalente a realizar un gran esfuerzo espiritual. Quien no puede realizar la lucha ascética, lo admite con humildad: “Necesito que me perdones, no puedo hacerlo”, le dice a Cristo. Y Él le responde: “No importa, no te aflijas”.
Traducido de: Din tradiția ascetică și isihastă a Sfântului Munte, 2011