Palabras que apartan cualquier tentación
Las palabras “ten piedad de mí” brotan de un corazón humilde, y el alma recibe la inmensa misericordia de Dios, que ella misma le suplica.
La humildad tiene un poder inmenso y desarma al demonio. Es el golpe más fuerte que puede recibir. Donde hay humildad, el maligno no tiene cabida; y donde el demonio no está presente, es natural que tampoco haya tentaciones.
En cierta ocasión, un asceta obligó a un demonio a recitar el Trisagio:“Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal...”. Aquel demonio balbuceaba las primeras palabras, pero no llegaba a pronunciaba las últimas: “ten piedad de nosotros”.
—¡Te ordeno que digas “ten piedad de nosotros”! —le decía el monje.
Pero no había manera. Si las hubiera dicho, se habría convertido en un ángel. Ese demonio podía decirlo todo, excepto: “ten piedad de mí”, porque para eso hace falta humildad.
Las palabras “ten piedad de mí” brotan de un corazón humilde, y el alma recibe la inmensa misericordia de Dios, que ella misma le suplica.
(Traducido de: Cuviosul Paisie Aghioritul, Cuvinte duhovnicești I – Cu durere și cu dragoste pentru omul contemporan, traducere din limba greacă de Ieroschimonah Ștefan Nuțescu de la Schitul Lacu din Sfântul Munte Athos, Editura Evanghelismos, București, 2003, p. 64)
