¿Por qué juzgas a tu hermano?
Los demás monjes sentían compasión de él, pero también había otros que decían en voz alta: “¡Pobre de él, toda la vida fue un ocioso!”.
Recordemos siempre, queridos hijos, aquel relato del viejo Paterikón, que todos conocemos, sobre cómo fue que murió un monje que solía ser indolente y descuidado. Todo el tiempo se le hacía trabajoso asistir a los oficios litúrgicos. Además, era lento para obedecer y gustaba de comer mucho y dormir en exceso, entre otras debilidades.
Fue en ese estado de desidia que, en un momento dado, cayó enfermo gravemente, de modo que todos vieron que se acercaba su fin. El higúmeno, acompañado de varios monjes, vino a verlo a su celda, para despedirse de él. El protagonista de nuestro relato estaba yacía agonizante en su lecho de muerte, con los ojos cerrados, de los que brotaban hilos de lágrimas. Los demás monjes sentían compasión de él, pero también había otros que decían en voz alta: “¡Pobre de él, toda la vida fue un ocioso!”.
De repente, el moribundo abrió los ojos y después esbozó una amplia sonrisa. El higúmeno se le acercó y le dijo: “Habiendo sido tan ocioso, en vez de sonreír, lo que tendrías que hacer en estos momentos es llorar, hermano...“. “Sí, padre...”, respondió el monje, “por eso estaba derramando algunas lágrimas, pero hace un instante frente a mí apareció un ángel, quien llevaba en la mano un pergamino donde estaban escritos todos mis pecados. Enseñándome aquel papel, el ángel del Señor me dijo: 'Mira, qué numerosos son tus pecados, pero ya que a lo largo de toda tu vida jamás juzgaste a nadie, Dios se ha apiadado de ti', y al decir esto, todo lo que estaba escrito simplemente desapareció”. Después, con una sonrisa en los labios, el monje entregó su alma al Señor.
(Traducido de: Sfântul Ierarh Serafim (Sobolev), Făcătorul de minuni din Sofia, Predici, Editura Adormirea Maicii Domnului, București, 2007, pp. 163-164)
