¿Qué estamos preparando para la eternidad?
¿Estamos enviando al “otro lado” lo que vamos a necesitar? ¿Y qué necesitaremos allá? Necesitaremos de nuestras buenas obras; ellas nos acompañarán, ellas nos sostendrán.
Hubo una ciudad en la que siempre se escogía como rey a un hombre elegido por el pueblo. No importaba cómo fuera ni qué hiciera; de inmediato le daban todo lo necesario, se postraban ante él, le rendían honores y le llevaban regalos. Solamente que su reinado duraba apenas un año. Ciertamente, cada año era elegido un hombre diferente... Hasta que uno de ellos decidió estudiar lo que estaba sucediendo.
Después de un año, para que el hombre elegido como rey no se aferrara a las riquezas que le rodeaban y a ninguna de las cosas pasajeras de tal forma de vida, se lo llevaban a una lejana isla, donde terminaba viviendo en condiciones miserables.
Entonces, al enterarse de esto, uno de ellos, mientras aún era rey, llenó varios barcos con piedras preciosas, alimentos y todo lo que una persona necesita para vivir, y aun más. Y cuando llegó el momento, al cabo de un año, como era costumbre, lo despojaron de sus ropajes reales, lo subieron desnudo a una embarcación y se lo llevaron.
Pero cuando llegó a la isla, allí lo estaban esperando todas las cosas que él había preparado.
Esta es una parábola, una enseñanza muy provechosa. ¿Estamos enviando al “otro lado” lo que vamos a necesitar? ¿Y qué necesitaremos allá? Necesitaremos de nuestras buenas obras; ellas nos acompañarán, ellas nos sostendrán.
En la vida eterna necesitaremos únicamente las buenas obras que hayamos realizado en esta vida. Porque llegará el momento en que seremos “despojados” de todo y, de ser reyes —porque el hombre es el rey de la creación, la corona de la creación de Dios—, terminaremos convertidos en exiliados.
Pero no tendremos nada que temer si nos hemos preparado suficientemente para ello.
(Traducido de: Părintele Nicolae Tănase, Soțul ideal, soția ideală, Editura Anastasis, Sibiu, 2011, pp. 229-230)
