¿Quién es nuestro verdadero enemigo?

 

¡Bendice, Señor, a mis enemigos! ¡También yo los nendigo y no los maldigo!

¡Bendice, Señor, a mis enemigos! ¡También yo los bendigo y no los maldigo! Mis enemigos me han empujado más y más hacia Ti, a Tus brazos, aún más que mis propios amigos. Pero, ¿qué han hecho estos? Me han atado al mundo y allí han volcado toda mi esperanza. Mis enemigos me han convertido en un extraño para los reinados del mundo y en un forastero en la tierra. Como una fiera salvaje, yo, siendo perseguido, he hallado un refugio más seguro, escondiéndome en Tu tienda, en donde ni mis amigos ni mis enemigos podrían hacer que mi alma se pierda.

¡Bendice, Señor, a mis enemigos! ¡También yo los bendigo y no los maldigo! Ellos han dado testimonio, por mí, todos de mis pecados ante los demás. Ellos me han azotado cuando yo he sido indulgente conmigo mismo. Ellos me han castigado cuando yo he querido huir del castigo.

Ellos me han insultado cuando yo me he envanecido.

Ellos me han escupido cuando yo me he llenado de soberbia.

Cuando me creía sabio, ellos me llamaron “necio”.

Cuando me creía poderoso, ellos se rieron de mí como de un bufón.

Cuando quise ponerme al frente de muchos, ellos me empujaron de vuelta hacia atrás.

Cuando me apresuré a enriquecerme, ellos me detuvieron con mano dura.

Cuando pensé en dormir tranquilamente, ellos vinieron y me despertaron.

Cuando me hice una casa para vivir largamente y en paz, ellos me echaron afuera.

En verdad, mis enemigos me han desatado del mundo y han extendido mis manos hasta Tu túnica. ¡Bendice, Señor, a mis enemigos!

Bendícelos y multiplícalos. Azúzalos más en contra mía, para que mi huida hacia Ti sea una sin regreso, para que mi esperanza en los hombres se desvanezca como la telaraña, para que la humildad venga a reinar por completo en mi corazón, y para que este se convierta en la tumba de mis maldades. Para que todo mi tesoro venga del Cielo. ¡Si tan sólo pudiera librarme del engaño, que me ha atrapado en las terribles redes de la falsedad de este mundo!

Mis adversarios me han enseñado lo poco que sé: que en esta vida el único enemigo real del hombre es él mismo. Cuando el hombre no entiende esto, cuando ignora que los enemigos no son enemigos, sino amigos severos, siente odio hacia ellos. Por eso, Señor, ¡bendice a mis amigos y a mis enemigos! El siervo maldice a los enemigos, porque ignora todo esto. Por su parte, el Hijo los bendice, porque sabe. El Hijo sabe que los enemigos no pueden tocarle. Por eso, Él pasa tranquilamente entre ellos y ora por cada uno.

¡Bendice, Señor, a mis enemigos! ¡También yo los nendigo y no los maldigo!

(Traducido de: Sfântul Nicolae Velimirovici, Rugăciuni pe malul lacului, Editura Anestis, 2006, pp. 160-161)