Reconozco que no amo a mi semejante

 

Lejos de decidirme a ofrecer —de acuerdo con lo que dice el Evangelio— mi alma por el bien de mi hermano, me rehúso a sacrificar al menos algo de mi honra, mi felicidad y mi paz por él.

Tengo que reconocer que no amo a mi semejante. Porque, lejos de decidirme a ofrecer —de acuerdo con lo que dice el Evangelio— mi alma por el bien de mi hermano, me rehúso a sacrificar al menos algo de mi honra, mi felicidad y mi paz por él.

Si lo amara —siempre según lo que dice el Evangelio— como me amo a mí mismo, su infelicidad me dolería a mi también, y su felicidad me llenaría de regocijo. Por el contrario, muchas veces escucho con gran curiosidad cuando alguien me habla de sus desgracias, pero no me interesa ayudarle, sino que hasta experimento un cierto placer al enterarme de sus pesares.

Todavía más: no disimulo con amor las malas acciones de mi hermano, sino que me dedico a divulgarlas entre los demás.

Y si veo que mi hermano es feliz y alcanza algún bienestar, no me alegro como si su logro fuera mío, sino que, como con cualquier otra cosa ajena a mí, soy incapaz de sentir alguna alegría por él, mientras mi corazón se llena de envidia y desprecio.

(Traducido de: Părintele Arsenie BocaLupta duhovniceasca cu lumea, trupul și diavolul, ediție revizuită, Editura Agaton, Făgăraș, 2009, p. 67)