Palabras de espiritualidad

Romper el silencio solamente cuando sea necesario...

  • Foto: Oana Nechifor

    Foto: Oana Nechifor

Habla de Dios con toda la inclinación de tu corazón, sobre todo de su amor y de su bondad. Pero hazlo con temor reverente, teniendo presente que aun en esto puedes equivocarte.

Con quien no te escucha de buen grado, no prolongues la conversación, para no cansarlo ni hacer que llegue a aborrecerte, como está escrito: El que mucho habla se hace odioso” (Eclesiástico 20:8).

No hables con aspereza ni levantes la voz, porque ambas cosas son muy desagradables y hacen sospechar que eres una persona vacía y presuntuosa.

No hables de ti mismo, de tus asuntos o de tus relaciones, sino cuando haya verdadera necesidad; y aun entonces, hazlo de la manera más breve y concisa posible.

Si te parece que otros hablan demasiado de sí mismos, no intentes imitarlos, aunque sus palabras aparenten estar revestidas de humildad.

Habla lo menos posible de tu prójimo y de todo lo que le concierne, excepto cuando sea necesario para su bien. Y cuando tengas que hacerlo, recuerda el consejo de San Talasio: “De los cinco modos de hablar, elige solamente tres. Del cuarto úsalo pocas veces, y del quinto huye” (Filocalia, p. 460).

Según Nicolás Katasclepinos, esos tres modos de hablar son: “sí”, “no” y “ciertamente”. El cuarto es la duda, y el quinto, la ambigüedad.

Habla de aquello que sabes con certeza que es verdadero o falso, de lo que es claro y evidente; pero no hables de lo dudoso ni de aquello que desconoces.

O bien, como explica Blemmides en su Lógica, existen cinco clases de palabras: la denominación, con la que nombramos a alguien; la pregunta, con la que interrogamos; la súplica, con la que pedimos; la afirmación, con la que expresamos un juicio con certeza; y el mandato, con el que ordenamos con autoridad.

En tu manera de hablar, procura usar solamente las tres primeras; evita el tono categórico y, más aún, el autoritario.

Habla de Dios con toda la inclinación de tu corazón, sobre todo de su amor y de su bondad. Pero hazlo con temor reverente, teniendo presente que aun en esto puedes equivocarte. Por eso, es preferible escuchar cuando otros hablan de estas cosas, guardando sus palabras en lo más profundo del corazón.

Cuando los demás hablen de otros asuntos, deja que sus palabras lleguen solamente a tus oídos, mientras tu mente permanece elevada hacia Dios. Incluso cuando sea necesario prestar atención para comprender y responder a quien te habla, eleva tu pensamiento al cielo, donde habita tu Dios; medita en su grandeza y recuerda que Él contempla en todo momento tu pequeñez.

Examina cuidadosamente todo lo que nace en tu corazón antes de que llegue a tus labios, y descubrirás que hay muchas cosas que es mejor no decir. Más aún: has de saber que, incluso entre aquellas que te parecen buenas y oportunas, hay muchas que es mejor sepultar en el silencio. Lo comprenderás con claridad cuando esa conversación haya terminado.

(Traducido de: Sfântul Nicodim Aghioritul, Războiul nevăzut, Editura Egumenița, Galați, pp. 81-83)